viernes, 15 de abril de 2011

21. Tocando el cielo

Hola buenas, antes de leer este capítulo quiero que sepáis que contiene mi primer lemmon (el capitulo pasado fue un pequeño aperitivo). Quizá algunas penséis que es bastante explicito y otras que no lo es tanto, si a alguien le molesta lo siento, es mi forma de escribir. Soy muy lemmonera y me encanta el lemmon. El Viernes que viene no podré publicar, es semana santa y estaré de vacaciones incomunicada (otra vez a la casita de campo perdida). Un besazo enorme, nos leemos pronto y, como siempre, espero vuestros comentarios. Falta por deciros que disfrutéis de los días de vacaciones, lo paséis genial y que sean inolvidables. Un BeSaZo



Desperté cuando el olor a tortitas llegó a mi nariz. Me levanté y dejé la caja en el escritorio, las marcas en mi brazo daban a entender que había dormido abrazada a ella toda la noche. Me puse un chándal y bajé las escaleras hipnotizada por el dulce olor. Cuando llegué a la cocina, mis padres se acaban de sentar a desayunar; antes de terminar de decirle buenos días, ya estaba metiendo en la boca un trozo de tortita, quemaba, pero igualmente estaba deliciosa. Antes de terminar de desayunar mi madre se levantó de la mesa con una sonrisa maliciosa, mi padre y yo nos miramos con miedo, los dos estábamos pensando en lo mismo. Nuestras sospechas se hicieron ciertas cuando la vimos regresar con el dichoso bote de las tareas. Dentro habían tarjetas con las tareas que había que hacer en casa, cada uno sacábamos tarjetas hasta que el bote quedaba vacío y las tareas repartidas.

- ¿Quién quiere comenzar? – Dijo mi madre dejando el bote encima de la mesa. Mi padre y yo escondimos las manos detrás de la espalda.- Está bien, comienzo yo – Metió la mano y sacó la tarjeta de limpiar la cocina, después me pasó el bote a mí.

Crucé los dedos deseando que no me tocara el garaje, saqué la primera tarjeta y ponía COLADA, suspiré de alivio. Le pasé el bote a mi padre y deseo lo mismo, pero sus plegarias no fueron escuchadas.

- Limpiar el Garaje, no, éste era de prueba. – Dijo metiendo la tarjeta en el bote. Mi madre y yo le miramos con una cara que le dio miedo y volvió a sacar la que le había tocado.

Tenía mis sospechas de que el sorteo estaba amañado por parte de mi madre, siempre estaban repartidas igual las tareas. Cada uno tenía tres tarjetas, me tocó hacer la colada, limpiar los baños y los espacios de paso. Gracias que mi padre puso música marchosa para que el ánimo no decayera a nadie. A ritmo de salsa limpié los baños, con rumbas hice la colada y con pasos de rock quité el polvo de los pasillos, la escalera y la entrada. Cuando terminé fui a ver cómo le iban a los demás; mi madre ya había terminado y estaba leyendo una revista, entré en el garaje y vi que a mi padre le iba muy bien bailando al estilo Elvis con el palo de la escoba, no le dije nada, le dejé que siguiera con sus locuras. Fui a limpiar mi habitación que, aunque no tenía ninguna tarjeta que lo decía, le hacía falta un repaso. Cuando quité el polvo a la estantería el corazón se me detuvo unos instantes al ver los libros de la Saga de Crepúsculo. No supe que hacer; si esconderlos o dejarlos allí. No era ficción, todo el amor y dolor que había leído eran ciertos. Cogí el libro de Amanecer y leí los últimos capítulos; cuando los Vulturis desaparecen de la vida de los Cullen dejándolos tranquilos y felices. Me imaginé todo el dolor que tuvieron que pasar cuando un ser de su familia se fue a vivir con sus enemigos. Cuando salí de mi mundo, me di cuenta que era casi la hora que había quedado con mis amigas para comer. Bajé como un rayo a avisar a mi madre que hoy no comería en casa. Subí las escaleras como alma que lleva el diablo y fui a vestirme. En menos de 10 minutos ya estaba vestida, peinada, maquillada y preparada para irme, un nuevo récord.

Salí de casa, pensé en coger el coche pero tardaría más tiempo buscando aparcamiento que en ir corriendo. Llegué al restaurante sin aliento y casi un cuarto de hora retrasada, por suerte para mí, no era la única que llegaba tarde, Laura todavía no había llegado. Cuando Nury y Raquel me vieron se levantaron de sus sillas y vinieron a darme un gran abrazo. Nuestros ojos brillaban; los suyos por verme de nuevo feliz y, los míos, por saber que tengo a unas personas tan maravillosas siempre a mi lado y que puedo contar con ellas en cualquier momento, sea cual sea la situación. Cogimos asiento y pedí al camarero un refresco, estaba deshidratada después de la maratón que acababa de hacer. Estaba dando el último trago a mi bebida cuando Laura llegó como un torbellino, tiró el bolso al suelo y se sentó en la silla que quedaba vacía.

- ¡Lo siento por llegar tarde, pero tuve que ir a llevar a mi madre a casa de mi tía, después he tenido que ir al banco a sacar dinero y después a buscar aparcamiento, con la maldita zona azul no hay sitio dónde no se pueda aparcar sin tener que pagar! – Dijo todo esto de carrerilla, se detuvo a coger aire. – Bueno, Lluna, cuéntame. ¿Qué pasó con Jackson?

- ¿Y nosotras?, ¿no tenemos derecho a enterarnos? – Dijo Nury.

- ¡Ah!, pensaba que ya os lo había explicado, como llego tan tarde. Siempre soy la última en enterarme de las cosas.

- Bueno, ahora que estamos todas, ¿puedes, Lluna, comenzar a explicar la historia? – Dijo Raquel cortando a Laura su discurso.

Comencé a narrarles la misma historia que le conté a Lucas, todas ellas me escucharon con mucha atención, el camarero vino a hacernos el pedido pero nos vio tan metidas en la historia que se fue, aunque creo que se quedó escuchando la conversación escondido detrás de la barra; no me importaba que escuchara la historia, quería gritarle a los cuatro vientos lo feliz que me encontraba y la bonita historia de amor que acababa de comenzar. Cuando terminé de explicarles me miraban todas con una gran sonrisa, a Laura se le escaparon las lágrimas.

- ¿Por qué lloras? – Le preguntó Nury a Laura.

- Nada, nada, es que estoy un poco sentimental últimamente. – Contestó, las tres nos la quedamos mirando.

- ¿Qué te pasa?- Le preguntó Raquel.

Laura nos explicó que estaba teniendo problemas con su pareja, las típicas discusiones, pequeños problemas que van creciendo y creciendo hasta convertirse en montañas gigantescas que parecen imposibles de hacerlas menguar.

- ¿Has hablado con él de esto? – Le pregunté.

- No he tenido oportunidad, últimamente siempre que hablamos terminamos discutiendo. Pero bueno, no hablemos más de problemas, hemos venido aquí a celebrar que todo ha terminado bien para Lluna. – Dijo intentando poner una sonrisa en sus labios.

- ¿Estás segura cariño? –Le preguntó dulcemente Nury – No nos importa si quieres seguir desahogándote.

- Segurísima, quiero reírme un rato.

El camarero vino de nuevo a apuntar el pedido, miramos la carta rápidamente y le hicimos la comanda. Comenzamos a hablar de temas sin importancia; noticias divertidas, videos de internet, anécdotas, marujeando de nuestros antiguos compañeros de instituto… Reímos mucho y conseguimos que Laura olvidara sus problemas por un momento. Cuando terminamos de tomar los postres pedimos café y seguimos hablando un rato más. A las cuatro y media pasadas salimos del restaurante; Raquel había quedado con Miguel, Nury tenía que hacer un trabajo para la universidad y Laura había quedado con Jesús para ir a comprar. Yo también tenía prisa, había quedado con Jacob a las 5.

Cuando estaba llegando a casa, reconocí el coche azul de Jacob, salí corriendo para verle, cuál fue mi sorpresa al ver que no estaba él allí. Miré en todas direcciones pero no lo vi por ningún lado. Lo esperé un rato, estaba empezando a preocuparme y ponerme muy nerviosa, la palabra Vulturi apareció por mi mente haciendo que mi cuerpo se estremeciera. Fui corriendo a casa con miedo de esperarme malas noticias dentro, sufriendo porque mi familia se encontrara en peligro. Cuando llegué a la puerta de casa comencé a buscar las llaves en el bolso que, como siempre, se escondían en el fondo, haciéndome difícil cogerlas. Los nervios comenzaron a traicionar haciendo que las llaves resbalaran de mis manos cayendo otra vez en el bolso. Me pareció escuchar las risas de mis padres y también la de… ¿Jacob? Cuando, por fin, fui capaz de coger las llaves, abrí la puerta y me encontré a los tres hablando animosamente en el comedor. Puse la mano en el pecho, cogiéndome el corazón que estaba a punto de salir disparado. Los tres se quedaron mirándome extrañados. Yo, al ver que todo estaba bien, aunque sospechoso, recompuse mi rostro y entré al comedor a enterarme que era lo que me había perdido.

- ¿Lluna, estás bien? –Preguntó Jacob alarmado por mi estado de nervios.

- Sí, es que vine corriendo. ¿Qué haces aquí? – Le pregunté, todavía no era la hora en la que habíamos quedado, creo.

- Jackson ha venido a pedirnos permiso para que pases el fin de semana con él. – Dijo mi padre dejando a Jacob con las palabras en la boca. – Si tú quieres, puedes ir.

¡Claro que quería ir!, pasar día y noche junto a él y despertarme viendo su preciosa sonrisa. El brillo de sus ojos me hipnotizó, intenté adivinar que me quería decir con esa mirada pero sólo descubrí amor.

- Lluna, Jackson tiene prisa, tendrías que subir a hacerte la maleta. – Me llamó mi madre haciéndome salir de mis pensamientos.

Subí a zancadas los peldaños de la escalera hasta mi habitación. Cogí la maleta que estaba debajo de la cama y metí ropa para poder cambiarme dos días. No me entretuve escogiendo modelitos, la mayoría de las horas las pasaríamos en nuestro lago (o eso quería hacer yo) y lo único que necesitaba para ir allí era ropa de abrigo. Si por alguna casualidad necesitaba arreglarme, no creo que a Alice le molestara prestarme ropa. Por último, recogí el neceser con algunas pinturas y las metí cerrando la maleta. Cuando bajé, mis padres y Jacob estaban esperando en el recibidor. No sabía si las prisas de Jacob eran ciertas o eran por salir ya de mi casa, pronto saldría de dudas.

Fui a mi madre y me despedí de ella dándole un beso, después me abracé a mi padre “gracias por volver a confiar en él, te quiero” le dije en su oído y besó mi mejilla. Jacob cogió la maleta, se despidió de mis padres estrechándoles la mano y nos fuimos.

Cuando salimos por el umbral, Jacob me cogió por la cintura y, con desesperación y pasión, besó mis labios de los que pronto se separó con cara de repulsión.

- ¿Has fumado? – Me preguntó.

- Sí. – No solía fumar a diario, pero, cuando quedaba con mis amigas, salía de fiesta y en ocasiones especiales solía fumarme algún que otro pitillo o, simplemente, porque me apetecía.

Jacob me soltó y refunfuñando fue al coche, guardó la maleta y me abrió la puerta. Entramos dentro, arrancó y salió echando chispas. Comenzó a darme una charla sobre los efectos nocivos para la salud que tenía el tabaco. Me hizo una gran lista de enfermedades relacionadas con el tabaquismo, descubrí la gran influencia que tenía Carlisle en él, tantas enfermedades sólo se las podía haber enseñado un médico. Tenía la cabeza saturada de tantos tecnicismos.

- ¡Jacob, vale ya, me estás describiendo como una fumadora compulsiva! – Le dije aburrida de su monólogo anti tabaquismo.

- Puede ser que ahora no fumes demasiado, pero es una droga muy adictiva que tarde o temprano caerás en sus redes. Tienes que dejar cuando antes ese mal hábito, es muy peligroso para tu salud.

- ¡Ya basta!, no vas a conseguir lo que mis padres no han conseguido en todos estos años. Por cierto, ¿qué hacías antes en mi casa? – Le pregunté, con tanta palabrería me había olvidado por completo del tema.

- Fui hablar con tus padres, no quería que tuvieran una mala impresión de mí.

- ¿Qué les dijiste para que confiaran en ti y me dejaran pasar el fin de semana contigo?

- Les expliqué que había tenido dudas por culpa de una antigua relación y que por eso me distancie, pero, cuando me di cuenta que no podía vivir sin ti, me dejé llevar por el corazón y caí rendido a tus brazos de los que nunca me voy a separar. – Dijo cogiéndome la mano y dejó un suave beso en ella.

Comencé acariciarle la mejilla con la yema de los dedos, absorbió el aroma de mi muñeca. Me acerqué dándole un dulce beso en sus labios carnosos.

- Lluna, lo del tabaco, aparte de que es nefasto para ti, ¿podrías intentar dejarlo? Parece que estoy besando a un cenicero. – Dijo haciendo muecas.

- Perdona, lo intentaré dejar. – Mi respuesta le resultó adecuada por como sonrió.

Saqué del bolso dos chicles y comencé a masticar, no tenía que ser muy agradable besar a un cenicero, aunque creo que exageraba en esto, sólo me fumé dos o tres cigarros. Me di cuenta que íbamos por la autovía, no tenía ni idea a donde me llevaba.

- ¿Dónde vamos, Jacob?

- Hoy han llegado los móviles, vamos al puerto a buscarlos. En el trayecto me preguntó por cómo había ido con mis amigas, le expliqué cosas de las que habíamos hablado. Cuando quise darme cuenta ya estábamos parados en la barrera de seguridad del puerto. Jacob sacó de su cartera un pase, se lo enseñó al guardia y abrió la barrera. Quedé extrañada, esos pases normalmente sólo los tienen personas que van a buscar grandes mercaderías, no los puede tener cualquiera. Influencia de los Cullen, pensé. Comenzó a conducir por el muelle de carga, dirigiéndose a las oficinas. Estacionó en el aparcamiento, abrió la guantera del coche y sacó un grueso sobre.

- Ahora vengo. – Dijo besándome y salió.

Le seguí con la mirada y entró por la puerta de una de las oficinas que habían, en menos de un minuto ya había regresado con un paquete.

- Escóndelo debajo del asiento. – Me dijo cuando me lo entregó y salimos del aparcamiento.

Hice lo que me dijo sin rechistar, parecía que esto no fuera muy legal, lo era. Cuando pasamos por el guardia, la barrera estaba abierta y salimos del puerto sin problemas.

- ¿Acabamos de cometer alguna ilegalidad? – Le pregunté ya sabiendo la respuesta.

- Más o menos – Dijo encogiéndose de hombros. – Mira haber si te gusta, no habían muchos modelos que elegir.

Saqué la caja y la abrí. Había dos teléfonos móviles del mismo modelo, uno blanco y otro en negro, sin instrucciones.

- Escoge el que quieras, a mi me da igual.

Elegí el blanco y lo encendí, no entendía nada de lo que decía en la pantalla.

- Está en alemán.

- Ya lo sé, ¿qué dice?

- No sé alemán. – De ese idioma, lo máximo que conocía eran las marcas famosas.

Me quitó el móvil de las manos y comenzó a toquetear los botones mientras conducía. No aparté la vista de la carretera, aunque Jacob estaba distraído, en ningún momento pisó las líneas de la carretera.

- Ya te lo he configurado en español. – Me dijo entregándomelo.

- ¿Sabes alemán?

- Es lo bueno de viajar tanto, conoces idiomas. – Comenzó a decir frases en varios idiomas, algunas no las entendí, pero otras sí, haciéndome caer la baba por sus bellas palabras.

Indagué las aplicaciones del nuevo aparato; era uno de nueva generación y muchas las desconocía.

- ¿Lluna, puedo hacerte una pregunta?

- Las que quieras. – Le dije.

- ¿Qué es el saludo Fernández? – Maldito el bocazas de mi padre y sus ancestros.

- No quieras saberlo.

- Eso mismo dijo tu madre cuando pregunté, ¡cuéntamelo! -le negué esa petición- Pues sí tu me guardas secretos, yo también. -Me dijo haciéndose el interesante. Me crucé de brazos, indignada; la intriga estaba fluyéndome por las venas de una manera abrasadora, hasta que no pude aguantar más y exploté.

- ¡Está bien, tú ganas! Yo te digo lo que significa, si tú, después, me cuentas el secreto que me estás escondiendo. – Le dije derrotada, él sonrió en señal de victoria.

- Trato hecho, comienza, después te explico el secreto. – Me dijo con una sonrisa pilla, algo me estaba ocultando. Cogí aire.

- El saludo Fernández se remonta mucho tiempo atrás, a los abuelos de mis abuelos; todo comienza cuando algún chico del pueblo iba a presentarse a casa para pedir permiso para salir con alguna de sus hijas, si al padre no le agradaba lo que veía (bien porqué ya lo conocía de oídas o, simplemente, porque no le agradaba a primera impresión), cuando el chico adelantaba su mano para presentarse al señor de la casa, el padre le respondía con un fuerte apretón, pero no en la mano.

Jacob juntó su entrecejo, no parecía entender nada hasta que le señale su entrepierna, le repetí “fuerte apretón” y por instinto masculino, puso cara de dolor y juntó las piernas. El coche disminuyó el ritmo, Jacob comenzó a reír y pisó el acelerador volviendo al ritmo normal.

- Vaya, y yo que pensaba que papito Edward era agresivo cuando protegía a su hija.

- ¿Hay un saludo Cullen? – Le pregunté chistosa, aunque también estaba intrigada.

- Gracias a dios, no. Cuando estás colado de una chica y el padre de ella resulta ser un lector de mentes, no es nada bueno estar cerca de él cuando piensas ciertas cosas. Recuerdo un día que visité a los Cullen en su nueva residencia y fuimos de excursión a la playa; era un día nublado pero hacía buena temperatura y nos dimos un baño en el mar. Era la primera vez que veía a Nessie en biquini, ella sólo era un niña pero aparentaba tener unos 15 años bien cumplidos, por mi cabeza comencé a fantasear que dentro de unos años ya sería toda una mujer hecha y derecha y… no me dio tiempo a pensar nada más, Edward me lanzó una piedra en la cabeza que me hizo perder el conocimiento. – Nos reímos a carcajadas, la situación me pareció muy cómica. Jacob suspiró y me miró. – Gracias, Lluna, es la primera vez en muchos años que me permito hablar de un recuerdo y reírme de ello.

Me dio un beso rápido pero con ternura y siguió conduciendo con una sonrisa llena de añoranza. Sus ojos comenzaron a empaparse de lágrimas de recuerdos felices. Me imaginé que sería como recordar a un ser querido que ya había fallecido; al principio no quieres pensar ni oír hablar de él porque todavía no te sientes preparado, te niegas a pensar que esa persona ya no está presente y nunca volverás a tener recuerdos parecidos, pero, llega un día que ya te sientes preparado y descubres que estabas deseando volver a recordarlo. - Si quieres, puedes seguir hablando de ella, no me importa. – Le dije.

- No, mejor no. – Contestó con la voz apagada, aguantándose las ganas de llorar. Se me hizo un nudo en el estomago, no podía ver a Jacob así. Se me ocurrió una idea divertida para hacerle olvidar el problema. Con disimulo, levanté la mano y la llevé a su cabeza, él pensaba que le iba hacer una caricia pero le di una colleja.

- ¿Qué haces? – Me miró extrañado. Pensaría que estaba loca.

- ¿No la has visto? – Le dije mirando por todas las ventanas.

- ¿El que no he visto? – Preguntó observando el paisaje para adivinar que era lo que se había perdido.

- Una de las piedras que tiramos con los problemas por el barranco. ¡Ha aparecido de repente!, te lo juro, ¡ni siquiera la he visto! y, ésta, no la ha lanzado Edward, te la has lanzado tu mismo y, cómo no cambies de actitud, volverá aparecer. – Le dije intentándome poner sería, pero su cara me pareció muy cómica y no pude aguantar la risa.

- Cómo se nota que eres una Fernández. – dijo acariciándose el cogote. Exagerado, sólo había sido un toquecito. – Por cierto, todavía no te he contado mi secreto.

- Es verdad. – Le dije poniendo toda mi atención en él. No me gustó nada su sonrisa de medio lado, aunque era realmente atractiva.

- Pues… el secreto es… que…, no, mejor te lo digo cuando lleguemos a casa.

- ¡Eres un tramposo!

- Es que me hace mucha gracia tu actitud cuando te enfadas y las arruguitas que se te hacen en la frente. – Dijo tocándome la frente.

- Soy muy joven para tener arrugas. – Le dije molesta, quité sus manos de mi cara y me giré a mirar por la ventanilla.

Jacob rió por la nariz. Sentí como sus dedos subían por mi hombro, después por mi cuello, la mandíbula y se paraban en mis labios, acariciándolos. Cerré los ojos por el placer de sus caricias y su tacto cálido. Con el pulgar me cogió la barbilla y giró mi cabeza, cuando quise darme cuenta mis labios ya estaban danzando al compas de los suyos. El sonido de una bocina hizo que se separara de mis labios y recompusiera su postura.

- Parece que no eres tan buen conductor como pensaba – Le dije.

- Lo soy, es que me desconcentras. – desabroché mi cinturón y me acerqué a él, acariciándole el cuello de la camiseta. – Lluna, para, puede ser peligroso. – Me dijo medio serio.

- Pararé si me cuentas el secreto.

- No te lo contaré hasta que lleguemos a casa.

- Bien, entonces tendré que entretenerme con algo. – Le dije besándole el cuello, iba a decir algo pero las palabras se le juntaron cuando comencé a mordisquearle el lóbulo de la oreja, el vello de su nuca se erizó de placer. – Parece que he encontrado tu punto débil. – Le dije susurrándole en el oído.

- Eso… parece…- Y dejó salir un gemido.

El nuevo pasatiempo que encontré funcionó porque el trayecto se me hizo cortísimo. Presionó el botón del mando a distancia que había en la visera del coche y se abrió la puerta del garaje. No fue hasta ese momento que dejé de jugar con su punto G. Nunca había visto el garaje. Sólo estaba el coche de Alice, faltaba el de Edward. Pensaba que la familia Cullen tendría más vehículos, uno para cada pareja como mínimo. Bajamos del coche, cogió mi maleta y subimos unas escaleras que nos llevaron a una puerta. Cuando la abrí, todo estaba a oscuras, no veía nada, Jacob encendió las luces detrás de mí. Estábamos en el salón y no había nadie. Jacob me cogió por detrás de la cintura.

- El secreto es que los Cullen se han ido de caza, vamos a estar solos hasta mañana. –Dijo en mi oído.

Me giré y sus ojos brillaban de felicidad, su sonrisa temblaba nerviosa y sus mejillas estaban sonrojadas. Por mi cabeza pasaron decenas de imágenes de lo que podríamos hacer él y yo a solas. Las intenté borrar, Jacob todavía no estaba preparado para hacer esas cosas, pero me demostró que si lo estaba dándome el beso más apasionado y lleno de amor que jamás me había dado. Puse mis manos detrás de su nuca, subí mi pierna y la enrollé en su muslo. Jacob cogió con las dos manos mi trasero, me subió a la altura de sus caderas, me dio la vuelta y pego mi espalda en la pared. Ahora que estaba bien apoyada subió sus manos por mi cintura, el estomago y después jugó con mis pechos, no pude reprimir el gemido en su boca. Jacob, enloquecido de placer, cogió mis manos que estaban moviéndose libremente por su espalda y las pegó a la pared. Sus besos fueron bajando hasta el cuello, encontrando mi punto débil, lo supo enseguida porque entrelazó fuertemente sus manos con las mías y comenzó a mover rítmicamente su pelvis con la mía. No tardé en sentirme humedecida con su roce. Eché la cabeza hacia atrás para que llegara mejor a todos los huecos de mi cuello, sus besos cada vez se estaban volviendo más lentos y su cadera a dejar de balancearse. Dándome suaves besos llegó a mi oído.

- Mejor nos lo tomamos con calma, tenemos toda la noche. – Dijo dulcemente en mi oído.

- Vale. – Fue todo lo que logré decir.

Cuando nuestras respiraciones se calmaron deshice mi agarre de su cintura y me puse en pie. Jacob fue a terminar de hacer la cena, le ofrecí mi ayuda pero me dijo que ya me tenía otra tarea preparada. Me llevó hasta un armario de puertas correderas y me dijo que lo abriera, cuando lo hice quedé boquiabierta; era la mayor colección de música que jamás había visto, todos los estantes estaban repletos de cientos de discos y, en medio, un equipo de música moderno. Jacob fue a la cocina y yo me quedé buscando música para acompañar la velada. Pensé que un buen estilo de música sería tipo soul, blues… No me fue difícil de encontrar ya que estaban ordenados por géneros. Escuché varios discos entre ellos artistas como Otis Redding, B.B King, Percy Sledge… los altavoces estaban repartidos por toda la sala, la acústica era genial, parecía que estaba en un concierto. Subí al máximo volumen cuando sonó Love man de Otis, comencé seguir el ritmo con los pies. Mi hombre de amor me pilló de sorpresa cuando cogió mi cintura y la pegó a la suya. Saqué todas mis armas seductoras en la canción, moviendo mis caderas descaradamente, notando como en cada sacudida excitaba a Jacob, sus manos pasaron de mi cintura al trasero. Puse mis piernas en medio de la suya y eché la espalda atrás, cuando me erguí deje las manos en su nuca. Seguimos bailando como dos posesos que necesitan vivir del roce del uno del otro en toda la canción, después comenzó a sonar These arms of mine y el ritmo lento nos llevó a un suave balanceo. Dejé la cabeza apoyada en su pecho y cerré los ojos, guardando en mi memoria este precioso momento sólo nuestro.

- ¿Ya has terminado de escoger música? – Dijo cuando finalizó la canción.

- Todavía no.

Fui a seguir con mi búsqueda, Jacob me ayudó; aunque se le notaba que no tenía ni idea de esto. Unos estantes más abajo reconocí una carátula que bien reconocía, Call me irresponsible de Michael Bublé, no había nada más que buscar, la elección era perfecta; Michael Bublé is the best.

- Ahora sí que he terminado. – Le dije entregándole el CD, lo miró como si fuera la primera vez que lo veía.

- Si quieres, ves a cambiarte mientras termino de preparar la cena. Alice me ha dicho que utilices su baño para arreglarte, está subiendo las escaleras la tercera puerta a la izquierda.

- No hace falta, hoy he traído mi neceser.

- Yo de ti no le llevaría la contraria, siempre tiene razón. – Contestó con una sonrisa. Cogí la maleta, subí las escaleras y entré por la puerta que me había indicado. El cuarto de baño era enorme, de esos que sólo se ven en las películas. Abrí la maleta y saqué el neceser y la ropa para cambiarme; si hubiera sabido lo que había preparado Jacob habría traído algo de ropa más adecuada. Lo único que tenía para ir un poco arreglada eran unos vaqueros viejos y un jersey de lana azul cielo. Dejé la ropa en una baqueta de madera y el neceser en el mármol de la pica. Había una nota en el espejo “abre la puerta que hay detrás de ti y coge lo necesites, que disfrutes la noche. Alice”. Hice lo que decía la nota, abrí la puerta, detrás de ella había un enorme vestidor con ropa, zapatos, un tocador lleno de maquillaje, un sofá de piel negro y, encima, una caja que llevaba escrito mi nombre. La abrí y dentro había un precioso vestido blanco, lencería y unos zapatos; Alice había salvado mi noche. Entré en el baño y después de ducharme y revisar que no hubiera ningún vello mal depilado fui a arreglarme.

Me senté en el taburete del tocador y me alisé el pelo con el secador y la plancha que había encima de éste. Cuando terminé, me maquillé con tonos grises y brillo de labios con sabor a fresa que había traído. Para terminar, me puse un poco de colorete. Me levanté y saqué de la caja la ropa interior, me quedaba genial, era blanca, sexy pero tampoco escandaloso. El vestido era precioso, palabra de honor sin tirantes y con la parte del pecho rizada. El cinturón negro estilizaba la cintura y después la falda hacía campana hasta las rodillas. Me puse los zapatos que eran negros a tiras y tacón de aguja. Me miré en el espejo que había detrás de la puerta para verme de cuerpo entero. Estaba preciosa, los altos tacones y la forma del vestido me hacían una figura esbelta. En el espejo, vi el reflejo de una fotografía que había detrás la puerta y que no había visto antes. Me giré a verla; aparecía toda la familia Cullen sentada en los escalones de un porche, enseguida supe que era la casa de Forks. Edward y Bella sujetaban a una preciosa niña en sus brazos, Renesme, una niña de piel blanca preciosa y melena rizada, reía alegremente mientras miraba a la cámara. Se les veía a todos tan felices, en especial a Bella, aunque sus ojos eran rojos por su recién conversión, su sonrisa hacía que quitaras toda la atención a esos macabros ojos sangrientos. Tuvieron que ser tiempos muy felices para todos y, ahora, todo había cambiado. La única forma que ellos volvieran a sonreír como en aquella fotografía era si regresaba Renesme y, esto, era prácticamente imposible. Sin poder borrar la sonrisa de Bella de mi mente salí de la habitación.

El pasillo estaba a oscuras, el reflejo de la luz que subía por las escaleras era lo único que alumbraba. Un camino de velas blancas encendidas me ayudó a poder bajar los escalones. Cuando se terminaron los peldaños, levanté la vista y me encontré de frente al hombre que hizo latir fuertemente mi corazón y robarme el aliento. Decir que estaba guapo era como lanzar en ese momento un insulto; iba vestido con camisa gris oscura y el primer botón desabrochado, pantalones de pinza negros y zapatos de vestir, se veía tan atractivo. Su mirada de elogio hizo que me sonrojara y bajé la mirada avergonzada. Me abrazó por la cintura y en mi oído dijo que estaba preciosa, después me besó y cuando se separó saboreó sus labios y dijo que, a partir de hoy, las fresas serían su fruta preferida.

Entrelazó nuestras manos y fuimos hasta una mesa que había cerca de la chimenea, no recordaba que el otro día hubiera una. Como todo un caballero, retiró la silla y, cuando estuve sentada, me acomodó. La mesa estaba decorada con un camino de mesa blanco y en el centro un jarrón de diseño negro con rosas rojas. Nos alumbraba la luz de una lámpara y el reflejo del fuego de la chimenea. Para comer había un surtido de canapés, ensalada variada y en la cubitera vino blanco. Todo era tan bonito, romántico y con una compañía inmejorable.

- ¿En qué piensas? – Dijo cogiéndome la mano.

- En que todo es perfecto teniéndote a mi lado.

Nos quedamos un largo rato mirándonos. Comencé a pensar en algún momento en que me hubiera sentido así pero no recordé ninguno, era la primera vez que todo era perfecto, mi vida estaba completa con él.

Comenzamos a comer, los canapés estaban buenísimos y la ensalada tenía un aliño de frutos secos que le daba un sabor original. Cuando terminamos, retiró los platos y regresó con el segundo. Era una tartaleta de marisco gratinada, olía fenomenal pero sabía mejor.

- Jacob, esto está buenísimo, tienes que felicitar a Esme de mi parte. – Le dije saboreando el bocado.

- ¿Qué te hace pensar que lo ha hecho ella?

- ¿Lo has hecho tú?- Le pregunté sorprendida.

- Sí, Esme me dio la idea y los pasos de la receta, el resto lo hice yo.

- Entonces mis felicitaciones, eres un gran chef. Terminamos el segundo, Jacob recogió la mesa, le fui a ayudar pero me dijo que le esperara sentada en el sofá enfrente la chimenea.

A los pocos minutos regresó con una bandeja en la que había una botella de cava, dos copas, un plato con fresas y un bol con chocolate desecho. Me emocioné, todo era igual como había soñado que sería mi primera vez.

- ¿Está todo bien? –Preguntó confundido por mis lágrimas.

- Perfecto, todo está perfecto. – Sonrió al darse cuenta que mis lágrimas eran de emoción.

Dejó la bandeja en la mesa de centro y descorchó la botella sirviendo el cava en las dos copas.

- ¿Brindamos? –Dijo dándome una copa y sentándose a mi lado.

- Por que todo sea tan perfecto como hoy.

Chocamos las copas y tomamos el postre. El contraste de las fresas con el chocolate era un sabor delicioso. Jacob, con una sonrisa picara, se acercó a mis labios y besó la comisura, pude sentir como pasaba su lengua lentamente.

- Tenías chocolate. –Dijo cuando se separó de mis labios.

- Es una lástima que tú no tengas. – Le dije con una mirada llena de sensualidad.

Jacob metió el dedo en el bol y manchó sus labios con chocolate. Dejé la copa en la mesa y me arrimé a él dejando las manos apoyadas en el respaldo del sofá detrás de su cabeza. Comencé a limpiarle los labios suavemente con la lengua saboreando el chocolate; luego, con mis labios y, después, nos besamos. El sabor de su saliva junto al de las fresas y el chocolate hicieron que el beso fuera tan dulce. Con sus grandes manos me cogió por la cintura, situándome arriba de él, con una pierna a cada lado de su regazo. Sin dejar de besarnos sus dedos comenzaron hacer círculos en el escote de mi espalda haciendo que mi vello se erizara. Dejando húmedos besos por su mandíbula, fui hasta el lóbulo de su oreja y lo mordisqueé con suavidad, Jacob soltó un suspiro de placer. Pasé las manos por sus hombros y el pecho. Desabroché los tres primeros botones de su camisa mientras él besaba mi clavícula.

- Hace rato que está sonando tu móvil – Dijo con la respiración entrecortada. Puse atención en todos los sonidos sin dejar lo que estaba haciendo; escuchaba el sonido de sus labios al besarme, el de sus manos acariciando la tela del vestido, las chispas que saltaban en el fuego de la chimenea y otro sonido lejano que no supe identificar.

- ¡MIERDA, LA ALARMA!- Solté cuando caí en la cuenta. Me quité de encima de él y salí disparada en busca del bolso que estaba en la percha de la entrada.

Jacob salió detrás de mí, encendiendo las luces para que viera mejor. Cuando llegué a la entrada abrí el bolso, apagué la alarma y me tomé la pastilla.

- ¿Estás enferma?- Preguntó asustado. Solté una risa.

- ¡No! son las pastillas anticonceptivas.


- Esa información me hubiera ido muy bien esta mañana. – Dijo cruzando los brazos.

- ¿Por qué? – Le dije intrigada.

- Porque… por nada. – Contestó avergonzado. Su sonrojo que tanto me gustaba me dio a saber las pista de lo que había pasado.

- La primera vez que se compran preservativos siempre resulta bochornosa.

- Sí, pero peor resulta cuando vas con Emmet y comienza a gritarlo por todo el supermercado y, más tarde, intenta ligar con la cajera. – Me reí al imaginarme la situación, Jacob se sonrojo aún más.

- ¿Emmet intentó ligar? – No me quería poner en lugar de la cajera intimidada por ese grandullón.

- Más bien fue dejarme en ridículo a mí y abochornar a la pobre cajera diciéndole que yo ya tenía con quien usarlos pero él no. Esta se la tengo guardada para cuando tenga ocasión de hacerle rabiar. – Soltó una risa que sonaba a venganza. Jacob tenía los brazos cruzados, estando en esa pose se le marcaban los grandes músculos de su brazo, la camisa medio desabrochada me dejaba ver su pecho bien formado. Mordí mi labio al ver tal imagen. Sensualmente me acerqué a él y le di un tierno beso, saboreando su labio inferior.

- ¿Quieres terminar de tomar el postre? –Preguntó en un susurro.

Negué con la cabeza y mis labios se frotaron con los suyos sintiendo mil cosquillas en ellos. Me cargó en sus brazos y subimos las escaleras mientras nos besábamos. Al llegar a la puerta de su cuarto me dejó de pie y me dijo que le esperara unos minutos. Cuando entró, cerró la puerta, puse atención en todos los sonidos; escuché como se movía deprisa por toda la habitación y el sonido de un mechero que se encendía una y otra vez. Cuando salió me dijo que cerrara los ojos y no los abriera hasta que él me lo dijera. Hice lo que me dijo, cogió mis manos y me guió dentro de la habitación, las soltó y cerró la puerta detrás de mí. Pude sentir el agradable olor a rosas.

- Ya puedes abrirlos. – Dijo en mi oído mientras me abrazaba por detrás de la cintura.

Cuando los abrí, vi mi sueño hecho realidad. El suelo estaba cubierto por una alfombra de pétalos rojos y blancos. La habitación, estaba iluminada por velas blancas de todos los tamaños que estaban repartidas por toda la estancia. Por mi rostro cayeron lágrimas de felicidad, alagada, me giré y besé a Jacob dándole las gracias por el detalle. Los besos cada vez fueron más lentos, nuestras lenguas de movían tan despacio que pude recrearme en su suavidad y el dulce sabor de su saliva.

Mis dedos desabrocharon los botones que quedaban por quitar de su camisa, subí las manos hasta los hombros y la dejé caer al suelo. Con la yema de los dedos acaricié todo su torso, el abdomen, su espalda y cada músculo de sus brazos. Sus manos, que estaban en mi cintura, subieron hasta el broche de la cremallera y, sin dudar, la bajó, las suaves telas del vestido se deslizaron por mis piernas y cayó al suelo. Comenzó a besarme el cuello, luego sus labios fueron descendiendo por mi escote y el abdomen. Sus manos fueron bajando, siguiendo el contorno de mis brazos y las caderas, cuando tocó el encaje de las medias soltó un gruñido, no le gustó que algo se impusiera entre mi piel y sus manos. Me descalcé, como Jacob estaba agachado a la altura de mis caderas, subí la pierna y descansé el pie en su hombro, con sensualidad me quité una media; cuando iba hacer la misma operación con la otra, Jacob cogió mis manos y las apartó con delicadeza, comenzó a bajar la media, cada centímetro que quedaba descubierta de mi piel él la besaba.

Cuando se irguió, al yo no llevar tacones no llegaba a besarle, él se dio cuenta y fuimos a tumbarnos en la cama. Antes de recostarse se descalzó y quitó sus pantalones quedando sólo en bóxers, quedé embobada viendo tal hermosura. Se tumbó en la cama quedando de lado.

Mientras con una mano me acariciaba el rostro la otra se dedicó a descubrir cada centímetro de mi cuerpo. Aunque todavía llevaba puesto el sostén, podía sentir el calor que desprendía su mano a través de la ropa. Su mano fue bajando por mi estomago que subía y bajaba frenéticamente a causa de mi agitada respiración. Cuando su mano descendió hasta mi ropa interior dejé de respirar por unos segundos, me estremecí por el placer. Sus dedos comenzaron hacer círculos en mi parte más sensible y no pude reprimir los gemidos. Con urgencia busqué su boca que tanto necesitaba, quise que los besos fueran lentos, quería alargar el momento pero no pude, su mano pasó por debajo de la tela y tocó directamente mi intimidad. Sus dedos se deslizaban sin problema alguno a causa de mi gran excitación. Levantó mi espalda con la mano que le quedaba libre, intentó desabrocharme el sujetador, pero él estaba tan excitado y deseando sacarlo que escuché como se rasgaban las telas y caía el sostén, no le di importancia. Cuando dejé descansar la espalda en la cama, por el movimiento que hice, su mano se deslizó hasta la entrada de mi vagina. Introdujo lentamente un dedo, cerré los ojos y me dejé llevar por el placer que sentí. Besó y lamió mis pezones firmes mientras metía y sacaba sus dedos, primero sólo fue uno, luego fueron dos. Mis manos bailaban por su espalda y la cabeza, acercándolo más a mi cuerpo. Cuando dejó de juguetear con mis pechos subió a besarme la boca. Ahora mis manos pudieron llegar a la costura de sus bóxers y de un tirón se los quité. Pasé las manos por su firme trasero, dejé una mano allí y la otra la llevé hacia adelante, lentamente, sintiendo como se estremecía con cada centímetro que recorría de su cadera hasta que llegué a tocar su miembro. Primero, lo acaricié sólo con la yema de los dedos, luego, lo agarré con delicadeza y subí y bajé lentamente la mano mientras lo apretaba un poco, sintiendo su gran y dura erección. Jacob no paraba de lanzar gemidos en mi boca y en el cuello, me sentí feliz por hacerlo disfrutar con mis caricias.

Sus labios fueron descendiendo por mi estomago mientras lo besaba, mis manos ya no llegaban a masajear su erección, las dejé caer en la cama. Cuando sus manos tocaron mi ropa interior la bajó lentamente hasta que la quitó. Quedó arrodillado en el pie de la cama mirando mi desnudez y yo disfrutando de la suya. Su cuerpo y toda su piel se veía extraordinariamente hermosa a la luz de las velas. Sus ojos tenían un brillo especial, tragó saliva, con cautela se tumbó encima de mí y con gran ternura me besó. Sentí su intimidad rozar la mía, los dos gemimos por el placer.

Puse una pierna en cada costado de su cuerpo, invitándole a entrar. Empujó un poco, estaba tan lubricada que no le costó entrar. Arqueé mi espalda de placer y su miembro se introdujo entero dentro de mí. Nos quedamos quietos, disfrutando de la sensación, su cuerpo estaba tan caliente que incluso quemaba, aunque no me importaba, disfrutaba con ese calor, de su calor. Quise cerrar los ojos por el placer que sentí, pero no pude, no podía cerrarlos y no ver su mirada llena de ternura y amor. Puse una de mis manos en su espalda y otra en su nuca, acercándolo a mi boca para besarlo. Sus caderas comenzaron a moverse lentamente, sintiendo un gran placer con cada delicada embestida. Según pasaron los minutos las embestidas subieron el ritmo y la fuerza, seguí el ritmo de sus movimientos haciendo círculos con mis caderas.

Los besos cada vez se volvieron más apasionados, salvajes, desesperados, anticipándose al momento que venía. Su miembro comenzó a palpitar y mi vagina a contraerse, haciéndose más estrecha, sintiéndolo más. Nuestras respiraciones estaban desbocadas, tanto que no nos permitían besarnos. Mordí su hombro, reprimiendo los gritos de placer. Llegando al orgasmo no pude aguantar más y comencé a gritar su nombre, le excitó tanto que sus embestidas se volvieron lentas pero fuertes, chocando nuestros cuerpos, sintiéndolo entero dentro de mí. Pasaron pocos segundos hasta que los dos tocamos el cielo, sus movimientos lentos hicieron que el orgasmo fuera más largo e intenso.

Salió de mi cuerpo y dejó caer la cabeza en la almohada, aunque estaba exhausto; por cómo iba de agitada su respiración y los músculos contraídos de su brazo, en ningún momento dejó caer todo su peso encima de mí y poder hacerme daño. Rodó hacia un lado de la cama, cogió mi cintura y me hizo rodar con él, quedando tumbada encima de él. Apartó el pelo de mi cara y me besó, tuve que separarme a los pocos segundos; el ya había recuperado el aliento pero mi respiración todavía estaba acelerada y necesitaba coger más aire. Quiso hablar pero por su boca sólo salían balbuceos y ninguna palabra entendible, nos reímos por su actuación. Con cariño, sujetó mi cara con las dos manos y me besó con gran ternura antes de decirme un te amo. Sentía que flotaba, volaba de felicidad; si esto era lo que se sentía en el cielo, no quería bajar de él.

viernes, 8 de abril de 2011

20- I was made for loving you (Fui hecha para amarte)

Buenas!!!! Pues aquí está el capítulo de hoy Viernes. Tengo que avisar que este cap tiene un pelín de lemmon, si os asusta lo que leéis decírmelo para el próximo resaltarlo de otro color los momentos XXX. Besuquis, que disfrutéis de la lectura y, como siempre, gracias por todo el apoyo que me dais con vuestros comentarios.




Antes de llegar al coche, Jacob se agachó para que bajara. Le entregué la mochila, se escondió detrás de unos árboles y salió convertido en su cuerpo humano. Cuando llegamos, me quité las deportivas, la chaqueta y me puse los botines. Nos metimos en el coche y puso rumbo a casa de los Cullen. Aparcó en la puerta de casa y bajamos. Cuando entremos en el salón, todos los Cullen me dieron una gran bienvenida, me sentí totalmente acogida por esa familia.

- ¿Qué habéis hecho en el bosque?, ¡eh!- Le dijo Emmet a Jacob dándole con el codo en el brazo.

- Pues dar un paseo y comer, ¿porqué? – Le contestó Jacob. Emmet se acercó a mi lado y me tocó la cabeza.

- Tenéis que ser más discretos. – Dijo enseñándome una hoja que tenía en el pelo, no se hicieron esperar las risas.

Me toqué la cabeza, tenía todo el pelo revuelto y enredado, lleno de hojas y ramitas. Jacob me acompañó a su cuarto de baño en donde me aseé, me quité parte de la vegetación que había robado al bosque e intenté desenredar y peinar el pelo. Me pareció que el espejo era más grande que la otra vez. Cuando bajamos todos los Cullen estaban sentados en los sillones, esperándonos, fuimos con ellos. Comenzó hablar Carlisle.

- Lluna, en nombre de todos te quiero dar la bienvenida a esta casa que ahora es también la tuya. Antes de comenzar a explicarte cómo irán las cosas, ¿quieres continuar con esto?

- Por supuesto. - Le contesté apretando la mano de Jacob. Cuando lo miré, en sus ojos no había rastro de la alegría de esta tarde.

- Bien, quiero que sepas que te expones a ciertos peligros, pero no debes preocuparte, todos nosotros te cuidaremos para que no pase nada. Alice estará vigilando cualquier decisión de los Vulturis. – La mano de Jacob comenzó a temblar con sólo escuchar ese nombre. – Recibimos visitas de ellos dos o tres veces al año. Como nos acabamos de mudar, no creo que la recibamos hasta dentro de tres o cuatro meses para que verifiquen que nuestro secreto está a salvo. Cuando esto ocurra, romperás cualquier tipo de comunicación y contacto con nosotros, incluido con Jacob. Cuando ellos regresen a Volterra y Alice verifique que Aro está conforme con lo que le dicen sus enviados, todo volverá a la normalidad.

- Pero es mucha responsabilidad para Alice. No quiero que pases todos tus días de vigilante y amargarte la vida. –Le dije

- No te preocupes, estoy acostumbrada hacer esto. Estate tranquila, no he fallado ninguna vez. –Dijo lanzándome una sonrisa.

- Entonces, cuando vengan los Vulturis, mientras vosotros estáis jugándoos la vida por mí, lo único que debo hacer yo es estar alejada, sin saber si el plan está funcionando o no. ¿Es eso? – Les dije molesta. ¿Cómo demonios iba a saber yo que todo iba bien? ¿Qué sus vidas y la mía no corría peligro alguno?

- Lluna, vienen a investigarnos, nosotros estaremos vigilados las 24 horas del día. Observan todos nuestros movimientos, palabras, actitud… No podremos tener ningún tipo de contacto contigo, eso nos delataría y estaríamos en riesgo. – Dijo Edward.

- ¿Cómo sabré si el plan está funcionando?

- Si cuando pasen unos días sigues viva, es que todo está saliendo a la perfección. – Contestó Rosalie. Jacob le gruñó y comenzó a temblar más fuerte.

- ¿Cuántos días serán? –Quería saber cuánto tiempo tendría que vivir con esa tortura.

- Cuando tomen la decisión de venir comenzaremos con esta farsa. Tendremos el tiempo suficiente para borrar tu olor de esta casa y los alrededores. Después de que ellos hagan la visita y vayan a contarle a Aro, me aseguraré que todo ha salido bien y podremos volver a retomar nuestra vida cuotidiana. No creo que todo este proceso dure más de una semana. – Dijo Alice. ¿Una semana?, ya me estaba poniendo nerviosa de sólo imaginarme cómo sería la espera.

- Hay una solución para que no tengamos que escondernos de nadie. –Dijo Emmet, todos nos quedamos mirando, menos Edward que se tocó el pelo y negaba con la cabeza – Si fueras convertida no tendríamos que hacer nada. No me importaría tenerte como hermanita.

No sé qué mirada fue más letal, si la de Jacob o la de Rosalie. Ni siquiera me planteé esa sugerencia, no creo que mi relación con Jacob funcionara. Él ya había tenido una “relación” con un ser medio vampiro y humano. Dudaba que fuera a funcionar con un vampiro 100%. ¿De qué me valía perder todo lo que tenía ahora sino podía pasar el resto de la eternidad con él?

- Estamos esperando que nos lleguen unos teléfonos. Te daremos uno a ti y otro a Jacob para que os podáis comunicar tranquilamente cuando no estén los Vulturis. Son móviles donde no quedan registradas las llamadas, así no habrá peligro de que vean que él está teniendo una relación con alguien de fuera de esta familia. ¿Tienes alguna duda Lluna? – Dijo Carlisle.

- No… - Nos quedamos todos en silenció, hasta que volví hablar. No sabía si quería saber la respuesta, pero era necesario. - ¿Qué tipo de castigo nos podríamos enfrentar si sale mal todo lo que hemos planificado? – Le pregunté a Carlisle

- Pueden suceder muchas cosas, pero ninguna es segura. Podríamos morir todos por no cumplir las leyes, podrían darnos una oportunidad y ofrecernos lo mismo que cuando pasó con Bella y obligarnos a convertirte… No lo sabemos y esperamos nunca saberlo si todo resulta cómo lo hemos planificado.

- ¿Mi familia se vería involucrada? – Pregunté en un susurro, si la simple idea de ver sufrir a los Cullen ya me dejaba sin aliento, la de ver a mi familia en esa situación no me la podía ni imaginar.

- Si nadie de tu alrededor sabe nada de nuestro secreto, no les tiene porque pasar nada.

Dejé la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y cerré los ojos, asimilando todo lo que me acababan de decir. Ahora entendí lo que me dijo ayer Jacob sobre que se sentía un egoísta. Si algo salía mal, estaríamos todos en peligro, tenía que mantener bien a salvo el secreto de Jacob y los Cullen para que nadie de mis allegados sufriera las represalias de los Vulturis.

Los Cullen estaban en grave peligro por mantener nuestro secreto a salvo de los Vulturis, pero, aunque detestaba todas esas ideas y no quería que a nadie le ocurriera nada malo, no podía hacer nada. La única solución que había era separarme de Jacob para siempre, pero me era imposible. Estuvimos sólo unos días distanciados, pensando que jamás nos volveríamos a ver, lo hicimos por la seguridad de todos, pero cuando pensamos en el daño que nos estábamos haciendo y que el dolor del corazón sólo se nos curaría si estábamos juntos, dejamos los demás a un lado y todos los problemas y nos centramos en nuestro amor. Las consecuencias por mantener esta relación podrían ser nefastas para todos, pero la idea de separarme de Jacob me era imposible de soportar.

Jacob se levantó del sofá y desapareció por la puerta de la cocina sin decir a nadie nada. Bella y yo nos miramos y nos pusimos en pie para ir detrás de él. Edward le impidió el avance a Bella y la sentó junto a él, yo seguí con mi marcha. Entré en la cocina que estaba totalmente a oscuras, no sabía dónde se encontraba el interruptor de la luz, avancé guiándome con las manos por la pared. Al final de la cocina vi la figura de Jacob que estaba sentado en el suelo con la cabeza entre las piernas, me acerqué y me senté junto a él, dejando la cabeza apoyada en su hombro. Escuché como absorbía por la nariz y se limpió las lágrimas con la manga de la camiseta. Sabía perfectamente cómo se sentía, porque yo estaba igual, pensando sobre las consecuencias de nuestra relación. Teníamos que dejar atrás esos pensamientos. Me puse en pie y ayudé a Jacob a levantarse, cuando lo tuve de frente y vi sus ojos oscuros sin brillo me aterraron.

- ¿Nos vamos?- Le dije tendiéndole la mano.

- Vámonos. – Contestó con la voz apagada y entrelazando nuestras manos.

Nos despedimos de todos los Cullen y pusimos rumbo a casa. Ninguno dijo palabra en todo el trayecto, tampoco tuve el valor para mirar sus ojos llenos de tristeza. Tenía que arreglar como fuera esta situación, teníamos que olvidar todos esos pensamientos, y conocía el sitio perfecto para hacerlo. Aunque la tarde estaba completamente gris, sería una preciosa puesta de sol anaranjada.

- ¿Te gustaría que antes de dejarme en casa viéramos el atardecer como ayer? - Le pregunté

- No creo que podamos ver las estrellas. – Dijo con un hilo de voz.

- No importa.

Aparcó el coche en el mirador y nos dirigimos en silencio a mi pradera. Cuando llegamos, Jacob fue a sacar la esterilla pero lo paré.

- Jacob, sé perfectamente cómo te sientes.

- Lo dudo –Me respondió con una risa amarga.

- Sé que estás recapacitando sobre nuestra relación y los problemas que acarrea mantenerla. – Jacob se apartó, una espina se clavó en mi corazón al decir en voz alta lo que realmente pensaba Jacob.

- Soy demasiado egoísta para hacer lo que estoy pensando.

- Lo somos. – Jacob, desconcertado, me miró. Le cogí las dos manos, poniendo sus palmas hacia arriba. Me agaché al suelo y recogí varias piedras. - Nuestra relación tiene muchos inconvenientes y problemas. – Le dije dejando las piedras más pequeñas en una de sus manos. – Pero lo nuestro es más fuerte que todo lo demás. – Le dije poniendo la piedra más grande que había cogido en la otra mano, inclinando la balanza. – Ahora, quiero que lances todos los problemas, que nos olvidemos de ellos, sé que regresarán, pero hasta que no lleguen podemos disfrutar de nuestro amor.

Jacob miró sus manos, guardo la piedra grande en su bolsillo y lanzó las demás con fuerza, olvidándose de todos los problemas. Después se agachó al suelo y cogió unas piedras e hizo lo mismo; me puso unas pequeñas en una mano y en la otra una grande. Me guarde la grande y con un grito lancé las demás. Después, nos abrazamos. Éramos dos puros egoístas que no podían vivir separados y, aunque sabíamos que poníamos vidas en riesgo con nuestra relación, seguíamos juntos. No es que no nos importaran los demás, es que no podíamos asimilar ni concebir el estar separados.

Vimos el atardecer, el cielo pasó del gris oscuro a un color naranja rosado; después, pasó al negro. No veía nada, sólo los ojos y la sonrisa de Jacob brillar en la noche, pero con eso me bastaba. Casi sentí como una piedra de las que había tirado me daba en la cabeza, recordándome que el problema de hablar con mi padre estaba presente.

- Tengo que ir a casa. – Le dije a Jacob y dejé salir un suspiro.

Me puse a caminar, pero estaba tan oscuro, que no sabía si estaba yendo por el camino correcto o me estaba dirigiendo hacía el barranco. Jacob se dio cuenta de mi torpeza y me cargó en sus brazos. De camino al coche, me entretuve dejando besos en el cuello de Jacob.

Llegamos a casa, Jacob me dijo que más tarde me llamaría desde una cabina para saber si había solucionado el problema. Entré con miedo, esperándome encontrar con la cara larga de mi padre, por suerte, todavía no había llegado. Fui a la cocina donde se encontraba mi madre, la pillé con las manos en la masa, y nunca mejor dicho, estaba preparando croquetas para cenar. Le abracé y ella besó mi mejilla con gran ternura. Le pregunté por mi padre, me dijo que llegaría para la hora de la cena. Después, ella comenzó con el interrogatorio sobre lo sucedido ayer, aunque estaba contenta por mi reconciliación con Jacob, quería saber que era lo que había ocurrido.

Le ayudé a preparar la cena, esta noche sólo estaríamos nosotros tres, Olga ya se había marchado a pasar el fin de semana a su piso con Javier. Poco después de poner la mesa llegó mi padre, entró en la cocina y saludó a mi madre, a mi ni siquiera me miró, se dio media vuelta y se fue.

- ¡Manuel, la cena ya está lista! – Le gritó mi madre.

- ¡Voy a ducharme, no tengo hambre ahora! – Dijo con tirria.


Cené con mi madre, sabía que mi padre no iba a bajar hasta que yo no me fuera de la cocina, y así fue; en cuanto fui a mi habitación y cerré la puerta, escuché como bajaba él las escaleras. Me sentí irritada, nunca había tenido un problema así con mi padre, estaba actuando como un niño pequeño que tiene una rabieta, no tenía ni idea de cómo solucionar esto.


Encendí el ordenador y miré el correo. Todas mis amigas habían contestado el e-mail felicitándome por mi reconciliación con Jacob, habían dicho de quedar a comer al día siguiente y celebrarlo. Les contesté a todas confirmando que me iba bien quedar, tenía muchas ganas de contarles a ellas cómo fue todo.

Miré la caja que tenía enfrente del escritorio. Era una preciosa caja de madera rojiza en forma de corazón, con relieves de madera clara que la hacían aún más preciosa. Nunca supe que guardar dentro, siempre la mantuve vacía pensando que algún día guardaría algo importante y, ese día, llegó hoy. Saqué del bolsillo del pantalón la piedra que representaba nuestro amor y con un beso la guarde dentro. Allí estaría seguro, nuestro amor estaría a buen recaudo siempre que lo cuidáramos.

Antes de meterme en la ducha me depilé a conciencia, ahora que tenía pareja tenía que estar preparada para cuando llegaran los momentos íntimos. Me duché con agua fría para mitigar el calentón que tenía. Cuando terminé me sequé, desenredé el pelo y me puse la ropa interior; fui a ponerme el pijama pero mi madre lo habría puesto a lavar. Cuando salí del cuarto de baño fui al armario para buscar algo para ponerme. Escuché como picaban, abrí la puerta, esperándome encontrar a mi padre, pero no había nadie, cuando la volví a cerrar y me giré vi que Jacob estaba fuera de la ventana, dándome un susto de infarto. Fui corriendo abrirle, cuando entró la cerró, yo salí disparada a poner el pestillo a la puerta de mi habitación, como entrara mi padre en este momento nos iba a caer una de bien grande.

- ¿Qué haces aquí? – Le dije en voz baja mientras me acercaba.

- Te he estado llamando para ver si habías hablado con tu padre, pero me salía que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura y, como estaba cerca de tu casa, he decidido venir aquí. – Jacob no paraba de tartamudear y desviar su mirada- Como no sabía si me iban a dejar pasar, cuando he escuchado que estabas en tu cuarto, he subido por el árbol hasta tu ventana y… y perdona, pero no sabía que… que estabas desnuda. – Jacob, colorado, cerró los ojos cuando dijo esto.

Fui a vestirme, aunque a mí no me importaba que él me viera en ropa interior. Me puse lo primero que encontré, aunque no hacía tiempo de ponerse un camisón corto de tirantes, me pareció muy sexy. Me excitaba mucho ver como se sonrojaba cada vez que me ponía sensual. Miré mi móvil y, efectivamente estaba apagado, se había quedado sin batería. Me senté en la cama e invité a Jacob a que se uniera conmigo, crucé las piernas, su mirada fue a parar a los muslos donde terminaba el vestido, nuevamente se sonrojó y apartó la mirada, haciéndome reír. Mis padres estaban en el piso de abajo pero no temía que entraran, el pestillo estaba puesto, si quería entrar alguien, antes les tendría que abrir, y Jacob tendría tiempo de salir huyendo por la ventana.

- ¿Has solucionado el problema con tu padre? – Me preguntó aún sonrojado.

- No he tenido oportunidad, pero no quiere hablar conmigo, ni siquiera me ha mirado cuando ha llegado a casa. Tampoco ha querido cenar, hasta que no he subido a la habitación no ha bajado él a cenar. – Le dije, Jacob suspiro.

- Ya verás como todo se solucionará. –Dijo sonriendo y dándome ánimos- ¿Sabes tocar?- Me dijo señalando la guitarra.

Me levanté, la cogí y me senté a su lado.

- ¿Alguna petición?

- La dejo a tu gusto.

Estuve un rato pensando que canción le gustaría. Me crucé de piernas para apoyar mejor la guitarra, su precioso sonrojo al ver mis piernas me dieron una pista para saber que cantar. En toda la canción los colores de Jacob no disminuyeron, su sonrojo cada vez me estaba resultando más sexy.


Cuando terminé de cantar, dejé la guitarra en la cama y me lancé a besar apasionadamente sus labios. Estaba excesivamente caliente, lo empujé para que quedara tumbado en la cama y me senté a horcajadas sobre sus caderas. Mis labios no paraban de moverse al compás de los suyos, abriendo nuestras bocas para que jugaran con pasión nuestras lenguas, que no hicieron otra cosa que hacerme enloquecer más. Le quité la camiseta que tanto me estorbaba, Jacob me cogió por la cintura y levantó la espalda de la cama para que se la quitara mejor, cuando hizo esto, nuestras caderas chocaron pudiendo sentir su dura excitación, gémimos a la vez. Sus manos pasaron por debajo del vestido y me agarró con fuerza los muslos, empujándome más a su excitación; cuando los dejó de empujar y los empezó a acariciar, comencé yo a mover rítmicamente mi pelvis. Sus labios dejaron mi boca para dedicarse a mordisquear mi cuello, arañé su espalda dejando salir todo el deseo. Sentía como mi intimidad cada vez estaba más empapada, rogando calmar el deseo de sentir algo dentro. Cuando Jacob dejó de besar mi cuello, selló mis labios por los cuales no dejaban de salir gemidos con un beso apasionado que me excitó a límites insospechados. Empujé su pecho y lo tendí en la cama. Bajé a besar sus pectorales y abdomen. Sus manos ya no llegaban a acariciarme el trasero, se las cogí y las puse en mis pechos los cuales estaba deseando que tocara. Sus dedos rozaron mis pezones duros a través de la ropa del sostén y tuve que morderle para ahogar el grito de placer. Ya no podía aguantar más, sentía mi vagina palpitar, gritando, invitando a que sintiera el miembro de Jacob. Comencé a desabrochar su pantalón, su ropa interior ya estaba mojada, Jacob estaba tan excitado como yo. Rocé con la yema de los dedos su duro miembro, preparado para la acción. Quise quitarme el camisón para sentir toda su piel junto a la mía, pero me lo impidió, me cogió fuerte por las manos y pegó mis brazos a los costados, impidiendo que los moviera. Quise preguntarle porque hizo esto, pero estaba tan excitada que no pude, mi respiración estaba tan desbocada que no me permitía hablar. Me hizo a un lado y se sentó en la cama dándome la espalda.

- Lo siento, Lluna, no puedo continuar escuchando a tus padres en el piso de abajo.

- No te preocupes, la puerta está cerrada con pestillo, no van a entrar. – Le dije acercándome y besándole el cuello. Por un momento pensé que lo había convencido para terminar lo que habíamos comenzado pero, nuevamente, me rechazó.

- No me preocupa eso, es que yo… yo… soy virgen.

- ¿Cómo? – Tapé mi boca cuando las palabras salieron solas.

- Lo sé, suena patético. – Dijo Jacob tapándose la cara- Tengo 32 años y soy virgen, pero es que nunca he tenido una relación con una mujer como la tengo ahora contigo. Cuando estaba en la edad del despertar de la sexualidad, me enamoré perdidamente de Bella, pero claro, tenía la gran competencia de Edward y no pudo ser. Después quedé imprimado de Nessie, ella sólo era una niña y no pensaba en ella de otra forma que no fuera como lo que era, una niña. Cuando se hizo más grande se fue, dejándome el corazón roto en mil pedazos, y, en los años siguientes, en lo que menos pensaba era en satisfacer mi apetito sexual.

Me acordé de cuando yo lo era y el miedo que tenía a mi primera vez. No sabía lo que se sentía y, aunque la teoría me la sabía de memoria, no tenía ni idea de cómo ponerla en práctica.

- No te sientas mal, me esperaré hasta que estés preparado. – Le dije sentándome a su lado y bajándome lo máximo la falda del camisón. Me sentía fatal por haberle estado seduciendo todo el rato.

- ¿Crees que no estoy preparado? Estoy haciendo grandes esfuerzos por no arrancarte la ropa, me vuelven loco todas tus curvas, con sólo recordar cómo me has excitado hace unos momentos, me arrepiento de no haber continuado, pero me acabo de dar cuenta que soy un cursi y me gustaría que nuestra primera vez fuera especial. ¡Qué triste que soy, doy pena! – Dijo muerto de vergüenza, tapándose la cara y dejando caer la espalda en la cama.

- No creo que seas un cursi, me parece muy romántico. – Le dije tumbándome a su lado y destapando su cara, abrió los ojos.- Yo también quise que mi primera vez fuera especial, soñaba con comer fresas con chocolate, bebiendo cava enfrente de una chimenea y, después, hacer el amor en una cama llena de pétalos de rosa alumbrada a la luz de las velas.

- ¿Y no fue así?

- No, fue en una fiesta en casa de una amiga, en la habitación de su hermano llena de posters de coches y tías en pelotas. Hablando de amigas, mañana he quedado para comer con ellas. ¿Te parece bien si quedamos nosotros por la tarde? – Le dije para zanjar el tema, no quería seguir hablando del chasco que me llevé a descubrir lo que era practicar sexo por primera vez, sino, deprimiría a Jacob. Suerte que el tiempo hace la experiencia y con ella el placer, porque si no fuera así, creo que no hubiera practicado más sexo en toda mi vida.

- Vale, ¿a qué hora te pasó a buscar?

- Para las 5 seguro que ya estaré en casa. – Con ellas siempre se me pasaba el tiempo volando, más valía quedar con Jacob tarde para no hacerle esperar. Me tapó la boca para que no siguiera hablando. Se quedó escuchando, aunque puse atención, no oía nada.

- Tu padre está hablando con tu madre, quiere subir a hablar contigo.

- ¡Eres un cotilla!, ¿de qué están hablando? – Jacob me podía dar alguna pista para solucionar las cosas con mi padre.

- ¿Y el cotilla soy yo, no? – Dijo haciéndome reír.- Me voy antes de que suba. ¿Quieres que vuelva luego?- La idea me gustaba, pero no quería que nos descubrieran y hacer que mi padre tuviera otro motivo para enfadarse.

- Mejor te cuento mañana.

- Pues, entonces, me voy ya, tu padre está subiendo las escaleras.


Jacob se levantó de la cama y se puso la camiseta, abrió la ventana y, después de mirar que no le viera nadie, dio un salto y con agilidad cayó al cuelo de cunclillas, apoyando sus manos en el suelo. Me lanzó un beso y saltó la verja. Cerré la ventana y picarón a la puerta de mi habitación, recompuse mis ropas y fui abrir, efectivamente, era mi padre. - ¿Puedo pasar?- Preguntó en tono grosero. Me dieron ganas de cerrarle la puerta en las narices, pero ese no era buen comienzo para solucionar las cosas. Me tragué mi arrebato de rebeldía y le deje pasar.

Mi padre cogió la guitarra que estaba en la cama y se sentó. Comenzó a tocar unas notas, sin seguir una melodía, sabía perfectamente lo que quería conseguir con esto, porque yo hacía lo mismo cuando estaba nerviosa, intentar que la música le calmara. Pareció que funcionó porque su cara se fue relajando, borrándose las arrugas que se le hacían en la frente cuando estaba enfadado. Se levantó de la cama y dejó la guitarra apoyada en la pared al lado del armario; después, se quedó un largo rato mirando las fotografías que tenía de pequeña pegadas en la puerta de éste, dio un suspiro y se giró mirándome fijamente. En sus ojos pude percibir nostalgia. Me acerqué al armario y despegué la fotografía que más me gustaba, en la que sólo salíamos él y yo.

- Ésta es mi preferida. – Le dije enseñándole la foto.

- Sí, la mía también. ¿Te acuerdas de lo que pasó ese día? – Me dijo mientras acariciaba la imagen con las yemas de sus dedos.

- No, pero me lo has contado tantas veces que es como si me acordara.

Era la primera vez que íbamos a visitar a mi abuela de Barcelona, yo tenía unos 2 años y medio. Entramos todos al museo de cera pero a mí me dio miedo y salí con mi padre a la calle mientras la abuela, mi madre y Olga terminaban de visitarlo. Dimos un paseo por Les Rambles y nos hicimos la foto cuando llegamos a la estatua de Cristóbal Colón. La foto la hizo mi padre mientras me sujetaba con la otra y yo dejaba un beso en su mejilla, él salía sonriendo con gran ternura. Después de hacer la foto me bajó al suelo y comencé a perseguir las palomas que había en la plaza, nunca había visto de tantas. Intentaba cogerlas pero salían volando antes de lograrlo. Mi padre compró una bolsa que vendían para darles de comer, intentó quitarle el nudo que la ataba pero no pudo, yo quise ayudarlo y, cuando se la quité de las manos, la bolsa se rompió y nos llenó de comida. Lo que paso a continuación era de esperar; todas las palomas vinieron a alimentarse, creo que todas las palomas de Barcelona se concentraron en ese lugar. Mi padre las apartaba para que no me picotearan, me abrazó para que no me hicieran daño, y yo, lo que hacía, era desprenderme de su agarre para coger alguna aprovechando que estaban tan cerca. Cuando la comida se terminó se fueron, quedando nosotros llenos de picotazos, arañazos y la ropa llena de excrementos. Al ir otra vez al museo, mi abuela puso el grito en el cielo al ver nuestras ropas. Me hacía mucha gracia cuando mi padre la imitaba con el acento catalán “!Oh Manuel, mira cómo está la niña, tota bruta! ” Entonces mi abuela me cogió en brazos y dio un grito “!ah, però si és merda!”. A mi madre no le hacía mucha gracia esta imitación porque se metía con su acento. Cuando la abuela murió, mi padre dejó de imitarla por respeto, aunque a mi hermana y a mí a veces nos lo hacía. A los dos se nos escapó una risa al acordarnos de aquellos tiempos.

- ¿Sabes porque estoy molesto contigo? – Dijo mi padre repentinamente entristecido.

- Lo siento, papá, no volverá a pasar, lo de ayer fue una excepción, no volverá a quedarse a dormir en casa.

- ¡No estoy enfadado por eso! –Dijo en tono de burla- No me hizo gracia, he de reconocerlo, pero no es ese el motivo.

- ¿Entonces qué es? – Le pregunté muy confusa.

- Lluna, nunca te había visto tan triste, no eras mi hija. Quise apoyarte y darte los mejores consejos, los que creí que necesitabas. Anteayer por la tarde te fuiste a hablar con Jackson, estuve muy orgulloso de ti, ibas a afrontar los problemas de cara y buscar una solución. Esa noche me envías un mensaje diciendo que no venias a dormir, pensaba que ya estaba todo solucionado, cuál fue mi sorpresa al llamarte al día siguiente y descubrir que no era así.

- ¡Pero ya está todo bien!, estoy bien papá.

- Eso es lo que me preocupa. Estás confiando demasiado en ese chico, lo acabas de conocer y ya te ha roto el corazón. ¿Cómo sabes que no lo volverá hacer? – Me dijo con los ojos vidriosos.

- Porque nos amamos. – Le contesté sin dudar ni un solo segundo. Porque sabía que nunca iba a ocurrir lo mismo, nos amábamos demasiado para separarnos.

- Ese no es motivo suficiente para creer en una persona.

- Para mí lo es, por amor se hacen grandes locuras. – Yo misma estaba arriesgando mi vida y la de otros por eso, sólo por amor. - ¿Tú confías en él?

- No sé qué pensar, al principio me agradó; luego, cuando te dejó, le odie a más no poder por hacerte sentir todo ese dolor. Ayer, cuando hablaste con tu madre, escuché la conversación, tu voz se sentía tan triste. Desconectaste el teléfono, pasamos las tres horas más largas de angustia de nuestra vida, sufriendo por ti, no teníamos ni idea que era lo que había ocurrido ni dónde estabas. Cuando picaron al timbre salí disparado a la puerta esperándome lo peor, mis sospechas se hicieron ciertas cuando te vi en los brazos de ese, sólo porque tú estabas allí no le rompí la cara en ese preciso instante.

- ¡Papá!, no hables así de él, me quiere, nos queremos. – Le dije para defender a Jacob.

- Sé que te quiere, sólo por eso no le saqué de esta casa a guantazos. Te mira con un amor increíble, cómo si no existiera otra cosa en el mundo más preciada que tu.

- ¿Volverás a darle otra oportunidad para confiar en él?

- Intentaré, pero te juró que, como vuelva hacerte sufrir, no me arrepentiré de hacerle el saludo de los Fernández.

- Me prometiste que no lo volverías hacer.

- Es cierto pero, si la ocasión lo requiere, no pensaré dos veces en romper la promesa. – Me dijo dándome un gran abrazo de reconciliación. Se separó de mí y con la palma de su mano tocó mi frente.- ¿Te encuentras bien? Estás un poco caliente.

- Sí, sí, sólo tengo calor. – Mis mejillas comenzaron arder al darme cuenta del porqué de mi alta temperatura.

- Me imagino, si tuvieras frío no creo que llevarás ese vestido.- Me tapé con los brazos la falda y el escote, era un camisón demasiado sexy para que viera mi padre puesto. Se rió de mi actitud. – Bueno, cariño, que descanses, me voy a dormir, estoy agotado. Tu madre también debe de estar cansada de estar escuchando detrás de la puerta. – Dijo subiendo el volumen de su voz. “Eso es mentira” se escuchó decir a mi madre, los dos nos reímos y se fue dándome un beso de buenas noches.

Me sentí más feliz y relajada que nunca, todos los problemas habían terminado, sabía que no era para siempre, pero me engañé pensando que sí. Antes de apagar la luz, cogí la caja que guardaba nuestro amor y la llevé conmigo a la cama. Una cosa tan valiosa la tenía que vigilar hasta en sueños para que nadie ni nada pudiera hacerle daño. Su color rojizo me recordó al moreno de la piel de Jacob, quizá se me estaba yendo la cabeza pero sentía como si él estuviera conmigo aunque, en realidad, era así, su corazón y todo su amor lo tenía yo, de igual forma que él tenía por completo el mío.





EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO DE LAGUNA NOCTURA…. Cuando estaba llegando a casa, reconocí el coche azul de Jacob, salí corriendo para verle, cuál fue mi sorpresa al ver que no estaba él allí. Miré en todas direcciones pero no lo vi por ningún lado. Lo esperé un rato, estaba empezando a preocuparme y ponerme muy nerviosa, la palabra Vulturi apareció por mi mente haciendo que mi cuerpo se estremeciera. Fui corriendo a casa con miedo de esperarme malas noticias dentro, sufriendo porque mi familia se encontrara en peligro. Cuando llegué a la puerta de casa comencé a buscar las llaves en el bolso que, como siempre, se escondían en el fondo, haciéndome difícil cogerlas. Los nervios comenzaron a traicionar haciendo que las llaves resbalaran de mis manos cayendo otra vez en el bolso. Me pareció escuchar las risas de mis padres y también la de… ¿Jacob? Cuando, por fin, fui capaz de coger las llaves, abrí la puerta y me encontré a los tres hablando animosamente en el comedor. Puse la mano en el pecho, cogiéndome el corazón que estaba a punto de salir disparado. Los tres se quedaron mirándome extrañados. Yo, al ver que todo estaba bien, aunque sospechoso, recompuse mi rostro y entré al comedor a enterarme que era lo que me había perdido. """SE QUE ESTE AVANCE NO OS DICE MUCHO, ES QUE DEJO LO MEJOR PARA EL VIERNES SIGUIENTE "

viernes, 1 de abril de 2011

19. Somewhere over the rainbow

Como prometí aquí está la opción b. Ayer colgué la opción A, el desenlace de Lluna por si alguien lo quiere leer. Deseo que os guste este nuevo capítulo y como siempre espero vuestros comentarios con vuestras opiniones. Besicus Áuryn



Todo el dolor y la tristeza habían desaparecido, trasformando esos sentimientos desagradables en una alegría y felicidad enorme. Mi cuerpo estaba totalmente descansado, lo único que sentía era un corazón que latía fuertemente y desbocado por el amor. Sabía que no había sido un sueño, todo lo que acababa de ocurrir era real, mi mente no habría sido capaz de imaginarse tal desenlace y, aunque lo fuera, el calor del cuerpo de Jacob me recordaba que él estaba conmigo, y eso, era imposible de imaginarlo igual que los latidos de su corazón que sonaban tan cerca del mío. Jacob andaba tan despacio que ni siquiera notaba ni escuchaba sus pasos mientras me cargaba.

Era tarde y nuestras respectivas familias estarían preocupadas por nuestro retraso, al menos por mi parte, no sabía si los Cullen ya estaban avisados de la reciente noticia. Aunque no quería ir a casa y que se fuera Jacob a la suya, tenía que informar a mis padres de que me encontraba bien, la última vez que hablé con mi madre estaba muy preocupada.

Los ronquidos de Jacob hicieron sacarme de mis pensamientos. Abrí los ojos y me di cuenta que estábamos los dos en mi cuarto, ¡en mi cama! No sabía cómo habíamos llegado hasta aquí, lo qué sí que sabía era que los dos habíamos dormido juntos y Jacob todavía lo estaba. Lo llamé para que despertara, pero no lo conseguí. Tuve que zarandearle para que despertara, cuando lo hizo, se desperezó, me dio un beso en la frente y me abrazó, ¡tan tranquilo y feliz! Yo estaba histérica, no tenía ni idea de lo que había pasado, lo que sí estaba totalmente segura era que, si mis padres se enteraran de esto, nos matarían a los dos. Me quité sus brazos que rodeaban mi cintura y me apoyé sobre las rodillas, quedando Jacob de cara.

- ¿Qué haces aquí?- Le dije en voz baja para que no nos escuchara nadie. Jacob se irguió y apoyó su espalda en el cabecero de la cama, con cara de culpabilidad.

- ¿No querías que me quedara contigo a dormir? –Dijo bajando la mirada.

- ¡Claro que sí! pero mis padres van a matarnos si nos descubren. – Algo en mi comentario le hizo gracia porque tapó su boca escondiendo la carcajada, yo no veía el chiste por ningún lado. Abrió los ojos de par en par y miró la puerta, me hizo signos para que no hiciera ruidos.

- ¡Shhh!, hazte la dormida. – Se tumbó en la cama y se escondió debajo del edredón.

Si antes no entendía nada, ahora menos, ¿pretendía esconderse? Nos iban a descubrir, por mucho que se tapara, sus pies seguro que salían por debajo de la cama, lo iban a ver seguro. Me cogió por las piernas y me estiró para que quedara tumbada en la cama. Me puse de lado para intentar esconder el cuerpo de Jacob, algo imposible. Le di una pequeña patada para que dejara de reírse, aunque no se escuchaba su risa, su estomago no paraba de moverse haciendo que el edredón vibrara. Dejé de respirar cuando escuché la puerta de la habitación abrirse, crucé los dedos deseando que no lo vieran quien fuera que acababa de entrar en la habitación.

- Ya te he dicho Manuel que estaban dormidos, yo no he escuchado nada - ¿cómo?, ¿mi madre acababa de hablar en plural? – Dejémoslos dormir un rato más, es pronto para despertarlos.

Cuando la puerta de mi habitación se cerró, destapé a Jacob que estaba doblado de la risa.

- ¿Mis padres saben que estás aquí?

- Ellos fueron quienes me dieron permiso para quedarme. – Dijo levantando una ceja.

- ¿Cómo? – Seguía sin entender nada.

- Te quedaste dormida de camino a casa. Cuando te traje, les comenté que, si te despertabas, te dijeran que por la mañana vendría a buscarte para llevarte a trabajar, tú madre prefirió que te lo dijera yo, y aquí estoy.

- ¿Mis padres te han dejado dormir conmigo? – Esto me sonaba muy extraño, ni Javier que llevaba más de seis años en la familia habían dejado que se quedara a dormir en casa hasta que anunciaron su enlace.

- Tu madre me dio permiso, a tu padre no le hizo mucha gracia. Tengo miedo de encontrarme con él en el piso de abajo, creo que voy a salir por la ventana.

- Deberías tenerle miedo, en estos temas es bastante tajante. En su casa nada de hombres durmiendo en la cama de sus hijas. – El último que se encontró en mi cama salió medio desnudo a la calle. Esto no se lo comenté a Jacob, sino, sí que saldría por la ventana.

Jacob se puso de lado, mirándome fijamente, acariciando mis mejillas. Una risa tonta salió de mis labios, cómo una adolescente recién enamorada. Adolescente, no era; pero enamorada, sí y hasta más no poder. Besó mis labios con dulzura.

- No voy a dejar que nada ni nadie borre esa preciosa sonrisa. – Dijo separándose unos milímetros de mi boca, haciendo que mis labios vibrasen con sus palabras.

- Nunca desaparecerá mientras tú estés a mi lado.

Y nos besamos con pasión.



El despertador comenzó a sonar, avisándonos de que era hora de volver al mundo real, esto es un decir, porque de normal no tenía nada, estándome besando con un ser salido de una novela romántica.

Me dieron ganas de hacer caso omiso a los pitidos irritantes, pero debía de seguir cumpliendo con mis obligaciones, tenía que ir a trabajar y, peor aún, tenía que enfrentarme a mis padres, bueno, con mi padre. Con fastidio me separé de los labios de Jacob y apagué la dichosa alarma. Nos levantamos de la cama, él se calzó, yo quedé embobada mirándolo; todavía no me podía creer que Jacob había dormido conmigo en mi cuarto y lo mejor de todo, siempre estaríamos juntos, esto quería decir que algún día siempre despertaríamos abrazados en nuestro hogar. Noté cómo me ardían las mejillas al pensar que más cosas se pueden hacer en una cama aparte de dormir. Por suerte, él no notó mi sonrojo, lo escondí dándole la espalda mientras hacía la cama.

- ¿Puedo utilizar el baño? – Me preguntó, le señalé la puerta del lavabo, todavía mis mejillas estaban al rojo vivo, más se encendieron al pensar que otras cosas aparte de asearse se pueden hacer en una ducha.

Jacob entró al baño, mientras, preparé la ropa que me pondría hoy. Cuando salió, le pregunté si le apetecía quedarse a desayunar; ninguno de los dos cenamos ayer y, por mi parte, estaba muerta de hambre. Antes que fuera a contestarme, entró mi padre sin avisar a la habitación. Dio una mirada de odio a Jacob y otra de decepción a mí.

- Mejor nos vemos en el coche. – Me dio un beso en la frente y salió del cuarto. Mi padre no le apartó la vista hasta que desapareció por las escaleras.

- Y tú, señorita, ya hablaremos esta noche, llego tarde a trabajar. – Dijo muy enfadado y se fue dando un portazo.

Nunca había visto así a mi padre conmigo. Él era quién siempre hacía de poli bueno en las discusiones familiares. Jamás había discutido con él, ninguna vez hizo falta, siempre solucionábamos las cosas hablando, exponiendo cada uno su posición e ideas, esta vez, parecía que no iba a ser así.

Me duché como un torbellino, Jacob me estaba esperando y no le quería hacer esperar; por mi parte, tampoco quería retrasar nuestro encuentro. Después de asearme y vestirme me maquillé, poniendo un poco de sombra rosada en los párpados que hacia juego con el suéter que llevaba puesto. Puse espuma en el pelo y recogí unos mechones con un pasador, ya se secaría al natural. Me puse mis estupendos botines marrones que quedaban geniales con los tejanos claros. Como cada día, me entretuve escogiendo los accesorios, sin ellos, me sentía desnuda.

Bajé con miedo a desayunar, esperaba que mi padre no me hubiera engañado y fuera cierto que se había ido a trabajar. Cuando llegué a la cocina, sólo se encontraba Olga, mis padres ya se habían ido. Mi hermana al verme se lanzó abrazarme con gran ternura.

- Lluna, me alegro que vuelvas a ser tú de nuevo.

- Y con más fuerzas que nunca. – Le dije devolviéndole el abrazo.

- Por lo que puedo ver, me imagino que la reconciliación fue bien. Ahora queda que te reconcilies con papá.

- ¿Está muy enfadado?

- Mucho es quedarse corto, nunca lo he visto así de enfadado. Gracias a mamá, Jackson no ha salido a patadas de esta casa.

- ¿Cómo está ella?- No me apetecía hablar más de mi padre y su actitud negativa hacia Jacob. Olga me preparó una taza de café.

- Mamá es feliz si nosotras lo somos y, ella sabe que la tuya, es estando con Jackson.

Olga me contó como mi madre casi había sobornado a mi padre para que no despertara a Jacob y lo echara de casa. Cuando quise darme cuenta, era la hora de irme a trabajar. Me tomé el café y devoré unas galletas, cogí unos bollos rellenos de chocolate para dárselos a Jacob, estaría hambriento.

Cuando salí a la calle, Jacob me esperaba en su coche con una sonrisa hermosa en sus labios. Me subí y le entregué los bollos, los cuales engulló en un abrir y cerrar de ojos con una mano mientras conducía con la otra. Me hubiera gustado desayunar con él en la cafetería como el otro día, pero se me pasó el tiempo hablando con Olga. Era muy tarde y, de nuevo, llegaría con el tiempo justo a la oficina.

- ¿Cómo pinta el día de trabajo? – Me preguntó.

- Complicado, tengo todas las tareas de ayer pendientes. Estaré toda la mañana y la tarde ajetreada.

- ¿Trabajas esta tarde?, me dijiste que los viernes los tenías libres.

- ¿Hoy es viernes? – Tuve que mirar el calendario del móvil para creérmelo, esta semana estuve tan absorta en mi mundo dramático que ni siquiera sabía en qué día vivíamos. - ¡Qué bien, es viernes!

- ¡Podríamos quedar para comer juntos! – Me dijo cómo un niño que se le acaba de ocurrir una gran idea y, la verdad, lo era.

- Me parece genial, ¿dónde te apetece ir a comer? – Le pregunté con una gran sonrisa.

- Me da igual, menos a tu casa, no creo que me dejen pasar más allá del portal. Siento ser el culpable por el que se ha enfadado tu padre. Sí lo prefieres, podrías quedar para comer él y solucionar el problema. Ya quedaremos nosotros para más tarde.

- La primera opción me parece más tentadora, ya hablaré con mi padre por la noche. Llegamos a la oficina, me despedí fugazmente de Jacob. Fiché cuando quedaba un minuto para que fuera la hora de entrada. Parecía que hoy no era la única que llegaba tarde, Lucas entró disparado por la puerta pocos segundos después.

- Hola Lucas, parece que vienes un poco sofocado, ¿qué te pasó hoy?- Le dije apoyada en la máquina expendedora, cómo hacia él cuando yo llegaba tarde.


Cuando me vio, se quedó parado después de analizar mi expresión, se acercó dando saltitos y palmas de felicidad. Abrió los brazos y yo salí disparada a ellos, quería demostrarle toda la gratitud por apoyarme estos días. Nos separamos y recompusimos nuestras ropas cuando escuchamos la puerta del despacho de Mariano abrirse.


- Lluna, hoy voy a estar todo el día fuera. Te he dejado trabajo encima de tu mesa. Que paséis buen fin de semana.


- Igualmente. – Dijimos Lucas y yo al unísono antes que saliera.


Mire mi escritorio, estaba lleno de papeles y carpetas. Aunque la idea de no tener que soportar a Mariano en todo el día me entusiasmaba, soplé; ya estaba cansada de sólo pensar en todo el papeleo que tenía pendiente.


- Te ayudo a ponerte al día, si me cuentas cada detalle de lo que te paso ayer para haberte recuperado así de bien.


- Trato hecho. – Estrechamos la mano para confirmar el acuerdo.


Nos pusimos manos a la obra. Lucas me pasaba todos los informes ordenados y yo los clasificaba en su carpeta correspondiente. Como parte del trato, le conté lo que sucedió ayer. Le explique que fuimos a mi lugar preferido porque quería guardar un buen recuerdo de él. Allí, mientras anochecía, nos dimos cuenta que no podíamos vivir separados.


- ¡Qué bonito y romántico Lluna!, bajo las estrellas os declarasteis amor eterno. ¿Qué pasó después? – Preguntó entusiasmado. No me engañó cuando me dijo que lo quería saber todo.


- Nos besamos y nos volvimos a besar una y otra vez. Hubo un momento en que no me creí sus palabras, todo parecía demasiado perfecto pero, cuando vi sus ojos, percibí tanto amor y sinceridad, que me dieron toda la credibilidad que necesitaba para saber que todo lo que estaba sucediendo era cierto. – Lucas suspiró igual que yo. Con sólo recordar el momento, me salieron lágrimas, pero esta vez eran de felicidad.


- Me alegro que todo haya salido bien. – Dijo limpiándome las lágrimas.


- ¿Quieres saber más? – Le pregunté alzando las cejas.


- Por supuesto.


- Esta mañana he despertado en sus brazos.


- ¡Fuisteis a su casa para completar todo el amor, eh! – Dijo guiñándome un ojo.


- ¡No! –Me sonrojé sólo con la idea- Me dormí no sé en qué momento y me llevó a casa.


- ¿Habéis dormido juntos en casa de tus padres?


- Sí, hasta esta mañana yo no he sido consciente de que habíamos dormido juntos. A mí padre no le ha hecho mucha gracia esto.


- ¿Celos paternales?


- No lo sé, no he podido hablar con él. – Las manos comenzaron a sudarme al pensar que esta noche tendríamos la gran charla.



Seguimos trabajando en las tareas atrasadas, Lucas se llevó unos informes a su despacho para pasarlos a limpio. Yo aproveché para enviar un mensaje a mis amigas informándoles de las noticias: Asunto: Noticias frescas Buenos y lindos días. He vuelto. No tengo tiempo para contaros ahora, tengo un montón de trabajo. Mejor os lo digo en vivo y directo. Esta noche miro el correo para saber cómo hemos quedado. BeSoS No tardé en recibir un mensaje de Raquel diciendo que ella se ocupaba de llamar a Nury y Laura para quedar cuando antes y celebrar las buenas noticias. Según se iba acercando la hora de plegar, los minutos pasaban más despacio, aunque estaba distraída con todo el papeleo, las ansias de ver de nuevo a Jacob me comían por dentro. Por fin llegó la hora de salir; recogí el bolso, la chaqueta y salí disparada a pasar la tarjeta de fichar por el sensor. Fui al despacho de Lucas a despedirme.


- Gracias por ayudarme Lucas, me voy, que pases buen fin de semana.


- ¿Dónde vas con tantas prisas?


- Me está esperando para ir a comer. –Con todo el trabajo no había pensado en ningún restaurante.


- ¿Está ahí fuera esperándote? – Dijo levantándose de la silla.


- Si, ¿quieres que te lo presente? – Por su actitud estaba deseando que le dijera esto.


- Bueno, si insistes, iré a conocer a ese bombón de chocolate.


Salimos a la calle, Jacob estaba esperándome fuera, tan guapo como siempre; sonrisa radiante, vestido con tejanos anchos oscuros y camiseta negra donde se marcaba su pecho musculado. Dejé a Lucas detrás y salí corriendo a besar sus labios carnosos que tanto deseaba. Jacob se me adelantó a las presentaciones.


- Hola, soy Jackson, tú debes de ser Lucas, encantado. –Dijo estrechándole la mano.


- Encantado de conocer en persona al hombre del que no para de hablar Lluna.


- ¡Porque tú no paras de preguntar!– Le dije a Lucas haciéndole morritos.


- No te la creas, cada dos por tres entra en el despacho “que sí Jackson por aquí, Jackson por allá”- Los tres comenzamos a reírnos, como siempre, la de Jacob era la que más se escuchaba.


– Bueno, pareja, tengo que seguir trabajando, no tengo la suerte de plegar al mediodía como otras, que paséis buen fin de semana. Jackson, cuida a Lluna.


- Siempre. – Le contestó Jacob dándome un beso lleno de cariño.



Jacob me dio la mano y fuimos al coche. Antes de entrar, me giré a despedir a Lucas que seguía embobado mirando a Jacob, le hice signos para que se limpiara la baba, él me sacó la lengua y, riendo, entró a la oficina.


- ¿Qué tal ha ido el día? – Me preguntó poniendo el coche en marcha.


- Agotador, pero gracias a Lucas que me ha ayudado, he podido ponerme al día. No he tenido tiempo de pensar en algún restaurante para ir a comer.


- No te preocupes, ya he reservado sitio. – Dijo lanzándome una sonrisa. - Genial, porque tengo mucha hambre. ¿Qué tal tu día?


- Hemos estado organizando el plan. Después de comer, iremos a casa de los Cullen para que sepas cómo va ir todo. – Me respondió, borrando de su rostro cualquier signo de alegría.


Yo no quería que él se sintiera así, temía que volviera a recapacitar sobre los peligros de nuestra relación y se fuera de nuevo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al recordar cómo me sentí cuando Jacob se fue. Subí el volumen de la radio para que la música hiciera olvidar todos esos pensamientos. Enseguida, me di cuenta que el CD qué estaba sonando era el que le grabé. Me alegré por que le hubiera gustado mi regalo.


- ¿Has escuchado todas las canciones?


- No he tenido tiempo, pero esta mañana lo he escuchado mientras te esperaba. ¡Algunas me las conozco!


- En este CD hay grandes éxitos de la música, en algún momento u otro las hemos escuchado.


Seguimos hablando de música un largo rato. Cuando Jacob no sabía de qué canción le estaba hablando buscaba el número de la pista para que la escuchara. Las canciones que no estaban en el CD se las tarareaba, me dijo que cantaba muy bien. Dejé atrás mi repertorio musical cuando me di cuenta que Jacob giraba el coche por el camino sin asfaltar que llevaba a la casa de los Cullen.


- ¿No dijiste que habías reservado mesa en un restaurante?


- Te dije sitio, yo no hablé en ningún momento de restaurante ni mesa. – Me la estaba pagando con la misma moneda, por lo de ayer en el mirador.


- Pero por aquí no se va a casa de los Cullen, ¿dónde vamos? – Íbamos por un camino que no conocía.


- Pronto lo sabrás, deja que la intriga recorra tus venas. – Dijo dando una carcajada.


Aparcó en un pequeño descampado pegado al camino, salimos fuera. Sacó del maletero una mochila y me entregó unas deportivas y una chaqueta negra de plumón muy calentita.


- Póntelas, si quieres que vayamos a comer, tendremos que andar un poco.


Me quité los botines y me puse las deportivas y la chaqueta. Cuando terminé, Jacob cerró el coche, se puso la mochila, me dio la mano y comenzamos adentrarnos en el bosque. El día estaba gris, pero no se percibía mucha humedad en el aire, con lo cual no había signos de que fuera a llover y estropearnos el paseo. Llegamos a un punto donde los matorrales se hacían más espesos, haciéndonos difícil el paso y la visibilidad. Paramos cerca de donde se juntaban las faldas de dos montañas y hacían una especie de cueva natural.


- ¿Ya hemos llegado?- Le pregunté. La intriga me estaba corroyendo por dentro.


- Todavía no. Quiero que conozcas lo que soy, si sientes miedo sólo tienes que decírmelo. – Me dijo mirándome a los ojos, dejándome hipnotizada.


Me dio un beso y se adentró en la oscura cueva, dejándome sola en medio del bosque. Me senté en un tronco que estaba caído, esperando a que regresara. Sentía las piernas cansadas de la caminata y el duro día de trabajo de hoy.


- ¡Lluna, coge la mochila y póntela! – Me gritó Jacob desde la oscuridad, tirándome la mochila dónde yo estaba.


Me levanté del tronco e hice lo que me dijo. Fue entonces cuando comprendí sus palabras, Jacob iba a transformarse, iba a conocer al lobo que era. Miré hacia la cueva y vi salir un lobo gigante andando hacia mí con paso cauteloso. Mi corazón comenzó a latir fuertemente, sentí un miedo atroz, aquella imagen me recordó tanto al miedo de mi niñez. Retrocedí varios pasos por el temor que sentí. El gran lobo, al ver mi actitud, agachó las orejas y la cabeza, casi rozando con el hocico el suelo.

No era un lobo gigante cualquiera, era Jacob y había herido sus sentimientos al sentir desconfianza hacia él. Comenzó a recular, no quería que se fuera, pero todavía no me sentía con el valor suficiente para acercarme.

- Jacob, espera, no te vayas. – No sé cómo fui capaz de articular tantas palabras, sentía un pánico colosal que no me dejaba pensar ni hablar con claridad.


El gran lobo se estiró en el suelo y me miró por encima de sus largas pestañas. Cuando mis ojos se acostumbraron a la vista que tenía metros adelante, comencé acercarme. Con cada metro que avanzaba me paraba para tranquilizarme y meter en mi mente que aquel lobo gigantesco era Jacob y no tenía porqué sentir miedo. Cuando quedé delante, Jacob me miró y poco a poco comenzó a ponerse en pie sobre sus cuatro pezuñas. Se irguió y paró de respirar, todo lo contario a mi respiración que estaba desbocada. Cuando notó que mi pulso comenzaba a tranquilizarse comenzó a respirar muy poco a poco. Agachó su cabeza a la altura de mis brazos, quería que le acariciara. Levanté mis manos temblorosas y con precaución las hundí en su suave y sedoso pelaje rojizo, Jacob cerró los ojos de placer. Al sentirme totalmente segura de que no tenía de por qué tener miedo, comencé a pasar mi mano por toda su cabeza, rascándole detrás de las orejas, pasando la mano por su largo cuello. Me separé un paso de él para mirarle directamente a sus preciosos ojos marrones oscuros.

- Pensé que iba a ser más difícil. – Le dije con una sonrisa.

Jacob alargó su morro y rozó con el hocico mi cara, me acerqué a él y le abracé por el cuello, él dejó la cabeza apoyada en mi espalda. Cogí su pata y la enredé en mi cuerpo, quería que sintiera que estaba totalmente segura a su lado y que no sentía nada de miedo, Jacob suspiró y comenzó a rozar su hocico en mi espalda. Estuvimos un largo rato abrazados, sintiendo nuestros cuerpos y acostumbrándome al tacto de su precioso pelaje. Jacob, levantó la cabeza y dejó caer la pata que estaba en mi cuerpo al suelo, retrocedió un paso, con una mirada divertida se agachó y me hizo signos con la cabeza para que me subiera en su lomo.

- ¿Quieres que me suba? – me respondió que sí con un suave aullido.

Me subí en su lomo, me sujeté fuerte y comenzó andar. Parecía que iba subida en un gran caballo, pero con una pequeña diferencia, iba subida en la espalda de un lobo que en realidad era Jacob, ¿difícil de creer, verdad?

En estas últimas semanas todo lo que me había ocurrido era difícil de creer. Personajes de ficción habían aparecido en mi vida, un gran lobo me había enamorado hasta límites imposibles de imaginar y, cuando pensé que me había abandonado dejándome el corazón roto en mil pedazos, regresó para siempre, enamorándome aún más. Mi vida se había convertido en un precioso sueño, dónde parecía que todo se podía hacer realidad. Incliné mi cuerpo a la cabeza de Jacob, quería contarle cómo me sentía. - ¿Has visto la película El Mago de Oz? – Me respondió que sí con la cabeza – Pues ahora mismo me siento Dorothy que acaba de atravesar el arco iris y aparece en el país de los sueños, dónde todo puede hacerse realidad.

Encontré la metáfora perfecta para explicarle mis sentimientos. Acerqué mis labios a su oreja y canté la banda sonora de la película, no creo que le molestara, antes me dijo que le gustaba como lo hacía.


Aunque los lobos no entraran dentro de la familia de los felinos, por su pecho comenzaron a salir una especie de ronroneos, como pequeños gruñidos pero muy suaves, que me llenaron de satisfacción por lograr que se sintiera feliz y relajado. Yo me sentía igual por haber superado del todo mi miedo; si no me asustaba de un lobo enorme, dudaba que me asustara un perro, ya no me tendría que cambiar de acera cuando viera alguno acercarse. El paisaje era hermoso; todo rodeado de árboles grandes y pequeños, arbustos verdes, rocas bañadas en musgo, montañas por donde surgían pequeñas cascadas y se convertían en charcos y algunas en riachuelos que desaparecían en las grietas de la tierra. El paseo estaba siendo muy agradable, pero estaba intrigada, no tenía ni idea donde íbamos, aparte, estaba hambrienta y, cuando esto ocurre, me pongo un poco irritante.

- ¿Queda mucho rato para llegar? – No me contestó, eso quería decir que sí. – Tengo mucha hambre, la próxima vez me encargo yo de reservar “sitio”. Cada minuto que pasaba parecía que íbamos más lentos, si quedaba mucho, a este paso llegaríamos a la hora de la cena.

- Si fueras un poco más rápido, llegaríamos antes. – Le dije un poco molesta por su lentitud. Se negó por completo con un gruñido.

Estaba segurísima que no corría para que no me cayera y me hiciera daño. No sabía muchas cosas de Jacob pero, por lo poco que lo conocía, sabía que era un apasionado de la velocidad y de los retos.

- ¿Sabes?, siempre he pensado que los lobos eran mejores que los vampiros, más fuertes, mágicos, veloces… Ahora veo que me equivoco, el otro día fue más divertido con Edward cuando me llevó por el bosque.

Jacob comenzó a dar gruñidos. Le había dado en su punto débil; su afán de competir y ganar. Si en un simple videojuego lo daba todo por ser el vencedor, en una situación así sabía que iba a reaccionar igual.

- ¡Vamos, Jacob, no me voy a caer! – Me sujeté fuerte con las manos en su pelaje e hice presión con las piernas en sus costillas.

Jacob aulló, retumbando el sonido en las montañas, hizo un sonido lo más parecido a una risa y comenzó a correr. Me tumbé en su lomo para que las ramas de los árboles no me dieran en la cara cuando los pasábamos rozando. Me confundía cuando pensaba que mi vida se había convertido en un sueño, también tenía partes de películas, si antes me recordó al Mago de Oz, ahora me sentía Bástian en la Historia Interminable. Jacob aulló.

- No tengo ni idea de lo que me acabas de preguntar, pero voy bien, si quieres puedes ir más deprisa.

Jacob hundió sus patas traseras en el suelo y comenzó a dar zancadas a gran velocidad. El bosque se convirtió en una gran masa de color verde, no podía distinguir nada, no sabía si lo que acabamos de pasar era un árbol, un arbusto o un extraterrestre verde saludándonos. No tenía ni idea por dónde íbamos, esperaba que Jacob sí lo supiera y, lo más importante, viera lo que había delante de nosotros y no nos estrelláramos contra la vegetación. En ningún momento sentí miedo ni mareos, me encontraba totalmente a gusto, feliz y segura con Jacob.

Comenzó a disminuir la velocidad progresivamente, convirtiéndose de nuevo en un paseo. Erguí la espalda para ver mejor ahora que podía identificar las cosas que había a nuestro alrededor. El bosque ya no era tan espeso y dejaba entrar la claridad del día. Jacob se paró y se agachó para que bajara, cuando lo hice estiré las piernas que las tenía engarrotadas de hacer tanta fuerza. Con el hocico me dio un toquecito en la mochila, quería que se la diera; la dejé en el suelo y me alejé para darle intimidad para que se vistiera.

Vislumbré que detrás del bosque donde estábamos ahora había una colina, me acerqué allí, apartando las ramas de los árboles que me molestaban en el avance. Decir que era precioso era quedarse corto, espectacular, el jardín del Edén le tendría envidia a éste lugar. La colina estaba cubierta de hierba fresca, dejando en el aire un olor lleno de pureza. - ¿Te gusta?- Me preguntó Jacob que acababa de salir del bosque, ya trasformado de nuevo en su cuerpo humano.

- Es espectacular, ¿cómo encontraste este lugar?

- Fue por casualidad, al poco tiempo de llegar aquí, dando un paseo de reconocimiento.

- ¿Paseo?, dirás excursión, hemos tardado horas en llegar aquí. – Le contesté.

- Pero ya verás cómo ha valido la pena toda la espera. – Dijo cogiéndome la mano, obligándome a caminar. - ¿Qué te ha parecido el medio de trasporte?- Me preguntó entusiasmado

- Fantástico, mucho mejor que las frías espaldas de un vampiro. – Su pecho se infló de orgullo. Seguimos ascendiendo la colina, antes de llegar a la cima Jacob me tapó los ojos, se paró y quitó sus manos dejándome ver un paisaje hermoso. Estábamos en las orillas de un lago de aguas cristalinas, rodeado de montañas verdes llenas de vida.

- Ayer me enseñaste tu lugar especial, te quería enseñar el mío, bueno, el nuestro.

- ¿Nuestro?

- Sí, creo que he sido el primero en descubrir este lugar, no sale en ningún mapa. He pensado en ponerle tu nombre.

- No es justo, has dicho que es de los dos, tendrían que estar presentes ambos nombres.

- Lago de Lluna y Jacob. – Nos miramos. – No, no queda bien – Dijimos los dos.

Bordeamos el lago, retirados de la orilla que estaba embarrada.

Comencé hacer juegos con nuestros nombres para poner uno de original a este lugar; traduje mi nombre al castellano y su apellido, pero Luna negra sonaba a película de terror, todo lo contrarío de este lago.

- Si juntamos la Luna y la oscuridad que es la fusión de mi nombre y tu apellido, hacen la noche; Lago de noche.

- ¿Lago de noche?, ¿qué te parece La laguna nocturna?

- Creo que es un nombre lleno de magia y misterio. Adjudicado, a partir de hoy, este lugar será conocido como La laguna nocturna. Seguimos andando y riendo, la cara me dolía de tanto reír. Detrás de unas rocas vi que había estirada en el suelo una manta y encima una cesta, esperaba que contuviera comida.

- ¿Tienes hambre? – Me preguntó.

- Hambre no, lo que tengo ahora mismo es necesidad. Espero que dentro de la cesta haya comida sino creo que empezaré a comerte en cualquier instante. – Jacob se sonrojó.

Me senté en la manta. Jacob comenzó a sacar de la cesta sándwiches, fruta y bebida. Me dio a elegir entre atún o pavo, cogí los dos. Comenzamos a comer, bueno, a engullir, yo casi no masticaba la comida.

- ¿Te gustan? Los he preparado yo.

- Riquísimos, aunque sigo pensando en comerte a ti. – Le dije limpiándole con el dedo la mahonesa que tenía en la comisura de los labios, me metí el dedo en la boca y lo saboreé con sensualidad. Jacob se sonrojó aún más que antes.

De postre, tomamos un racimo entero de uvas. Después de comer nos estiramos, Jacob sacó una pequeña manta de la mochila y nos tapó a los dos. Como ya era costumbre, y casi una obligación que me pedía el cuerpo, dejé la cabeza apoyada en el pecho de Jacob, escuchando los latidos de su corazón. No tardamos en comenzar con la sesión de besos y caricias. Sólo parábamos para coger aire y darnos miradas llenas de ternura.

- ¿Cómo lo haces? – Me preguntó con una sonrisa.

- ¿El qué?

- Que me olvide de todo. Haces que me olvide de todos los problemas. –Me respondió poniéndose en pie.

- Pero eso es bueno, ¿no?

- A medias, nuestra relación va estar llena de problemas que por tu seguridad no me los debo quitar de la cabeza. Tenemos que ir a casa para que te expliquen cómo va ir el plan. –Dijo tendiéndome la mano y ayudándome a poner en pie. Comencé a recoger la manta.

- No recojas nada, ya vendré luego y lo haré yo.

- Entre ida y vuelta, tardarás un montón de tiempo.

- Lluna, en media hora habré venido, recogido y vuelto a casa. – Me contestó alardeando de sus habilidades.

- ¿Así que no hemos venido a máxima velocidad?

- Ni por asomo, ¿estás preparada para el viaje de regreso?

- Preparada. Jacob se metió detrás de unos matorrales, me tiró la mochila con sus ropas, me la puse en la espalda y salió convertido. A primeras me impresiono verlo en su forma lobuna, pero cuando vi sus ojos y reconocí esa mirada, de nuevo, me sentí segura. Se agachó, me subí a su lomo, me sujeté fuerte y comenzó a caminar, primero despacio y después a gran velocidad como antes.




EN EL PROXIMO CAPITULO DE LAGUNA NOCTURNA .........



Jacob se levantó del sofá y desapareció por la puerta de la cocina sin decir a nadie nada. Bella y yo nos miramos y nos pusimos en pie para ir detrás de él. Edward le impidió el avance a Bella y la sentó junto a él, yo seguí con mi marcha. Entré en la cocina que estaba totalmente a oscuras, no sabía dónde se encontraba el interruptor de la luz, avancé guiándome con las manos por la pared. Al final de la cocina vi la figura de Jacob que estaba sentado en el suelo con la cabeza entre las piernas, me acerqué y me senté junto a él, dejando la cabeza apoyada en su hombro. Escuché como absorbía por la nariz y se limpió las lágrimas con la manga de la camiseta. Sabía perfectamente cómo se sentía, porque yo estaba igual, pensando sobre las consecuencias de nuestra relación. Teníamos que dejar atrás esos pensamientos. Me puse en pie y ayudé a Jacob a levantarse, cuando lo tuve de frente y vi sus ojos oscuros sin brillo me aterraron.